Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. Ustedes son testigos de todo esto.
Ahora yo voy a enviar sobre ustedes lo que mi Padre prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de arriba.»
Jesús los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos (y fue llevado al cielo. Ellos se postraron ante él.) Después volvieron llenos de gozo a Jerusalén, y continuamente estaban en el Templo alabando a Dios.
La promesa se ha cumplido
Antes de su Pasión y Crucifixión Cristo se “transfiguró” ante algunos de sus discípulos para que el “escándalo de la Cruz” no los desanimara hasta el punto de hacerles perder la fe. La transfiguración había sido como un resplandor de la gloria que Cristo recibiría nuevamente junto al Padre después de su Resurrección. Hoy, ascendido al Cielo, Cristo goza para siempre de esa gloria deslumbrante que un día, al contemplarlo, nos hará exclamar como Pedro: “¡Qué bien estamos aquí!” (Mt. 17, 4).
El Evangelio de este domingo nos dice que “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día…” (Lc. 24, 46) y más adelante afirma que “Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos los bendigo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc. 24, 50-51).
La humanidad resucitada
Con la Ascensión del Señor no es Dios el que ha cambiado, sino que es la humanidad la que ha quedado profundamente transformada. Pensémoslo bien; desde su Ascensión Cristo ha “metido” una humanidad (la suya) en el seno de la Santísima Trinidad. La naturaleza humana de Cristo es ahora como un “imán” que nos atrae hacia lo alto a fin de que donde Cristo nos ha precedido como nuestra cabeza, también nosotros, miembros de su Cuerpo, lleguemos también un día.
Así pues, con la Ascensión del Señor, no sólo se ha cumplido la promesa en él, sino en la humanidad entera; ya que la gloria de la que ahora goza Él, nuestra Cabeza, un día la gozaremos también nosotros, que somos sus miembros.
La promesa del Espíritu
Como en el domingo pasado, también hoy, antes de partir Jesús nos dice: “Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto” (Lc. 24, 49). Esta es una invitación a permanecer en oración, a suplicar a Jesús que nos envíe el Espíritu prometido.
En la primera lectura de hoy, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos recuerda que “en una ocasión… les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «la promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.»”Hch. 1, 4-5.
Con el corazón en el Cielo y los pies en la tierra
Cuando Jesús ascendió al Cielo, se les aparecieron a los discípulos “dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo?»...” (Hch. 1, 11). Por otra parte, la carta a los colosenses nos dice: “Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra” (Col. 3, 2); ¿no es esto contradictorio? ¿Hacia dónde tenemos que dirigir nuestra atención, al Cielo o a la tierra?
Creo que este pedido de la Palabra de Dios no es en absoluto contradictorio y expresa, más bien, la constante tensión en que debe vivir el cristiano. El cristiano no puede quedarse mirando al cielo olvidándose de las realidades temporales (mucho menos puede hacerlo un militante de Acción Católica), pero siempre debe recordar que estas cosas son transitorias, que nuestro destino definitivo está en el Cielo y que, para que estas mismas realidades temporales adquieran su sentido más pleno, tenemos que orientarlas hacia el Cielo. Esta tierra es, para el cristiano, una especie de exilio; nuestra patria definitiva está en el Cielo.
Y hablando de patria… ¿no tendrá algo que decirnos esta celebración a los argentinos que nos preparamos a celebrar dentro de unos días el bicentenario del nacimiento de nuestra querida Nación?
También la Argentina tiene que morir y resucitar con Cristo
No puedo extenderme mucho. Pero creo que es una experiencia bastante generalizada entre los ciudadanos de nuestra Patria la sensación de que “las cosas no están andando del todo bien”. Me pregunto si acaso no será que muchos de nuestros compatriotas están (o estamos) demasiado alejados de Jesús; y no le demos vueltas al asunto, sin Jesús no hay salvación verdadera; sin Jesús no hay vida plena y verdadera para todos.
Creo que esta celebración de la Ascensión del Señor, que este año prácticamente coincide con las celebraciones bicentenarias del nacimiento de la Argentina, no es casual. Nuestra Patria, como enseñan nuestros obispos, es un regalo de Dios, pero la Nación tenemos que construirla nosotros; y seamos sinceros, sin Cristo, nunca podremos construir una Nación de verdad.
Para la reflexión:
- ¿Somos conscientes de que en Cristo ascendido al Cielo toda la humanidad ya ha alcanzado su triunfo?
- ¿Oramos con ansias para que el Espíritu se derrame en nuestros corazones y nos transforme?
- ¿Vivimos con los pies en la tierra pero con el corazón el Cielo?
- ¿Somos portadores de la Buena Noticia del Evangelio a nuestros compatriotas?
Fr. Ricardo W. Corleto OAR Asesor Nacional del Equipo de formación
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