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Idea Fuerza
Ficha N° 1

Idea fuerza: «Tiempo de solidaridad, tiempo de servicio.
Tiempo para construir en bien común».

En el año 2001 con motivo de cumplir nuestro 70° aniversario, el Consejo Nacional propuso una idea fuerza que hasta el final de aquel trienio (2002) expresara:

•  La síntesis de sus líneas de acción
•  Cuál era el matiz priorizado en este período para nuestro vasto campo de trabajo evangelizador
•  La posibilidad de asumir este contenido tanto en el ser y hacer de cada miembro (ordinario y extraordinario), como en el ser y hacer de cada comunidad con Acción Católica.
•  El camino que nos preparaba para la Asamblea Federal.

Aquella idea fuerza sonó a lo largo de todo el país en la frase “Tiempo de solidaridad, tiempo de servicio” y una meta a lograr que fue: ”Cada comunidad con Acción Católica, al menos, un servicio”

La coyuntura propia que vivía nuestro país, urgía sin duda a que la Institución , desde su riquísima identidad que se expresa en su vocación y misión, pusiera en el primer lugar, la promoción humana e integral del hombre en el marco de la evangelización, tal como nos habían invitado los Obispos y el Santo Padre a través de distintas intervenciones que nos propiciaron un riquísimo marco doctrinal ( ver Idea fuerza 2001-2002. Acción Católica Argentina-abril 2002).

Así fue que recogimos e impulsamos un sinnúmero de acciones evangelizadoras y promotoras del hombre a lo largo y lo ancho de nuestro país en un contexto social difícil que desencadenó la crisis epocal más profunda de nuestro acontecer como Nación.

Fue a lo largo de ese año y medio, mientras crecían los índices de pobreza, desocupación, y violencia social, que el Episcopado una y otra vez nos invitó, a través de diversos documentos, a tomar conciencia de esta crisis del ser nacional, que finalmente estalló a fines de 2001.

La solidaridad puesta en marcha en el tejido social, en la cual nuestra Institución hizo su aporte, creemos fue el valor que permitió mantener el aliento y el delgado hilo de la integración social, en una Argentina que se hacía pedazos.

Surgieron entonces en el escenario nuevas urgencias que atender; fuimos convocados por el Episcopado junto a otras instituciones laicales a “pensar y realizar” acciones concretas que en medio de una crisis por demás descripta, ofrecieran un camino que nos ayudara a recuperar el sentido de ser Nación.

Así nació, después, el Diálogo Argentino, la relación fecunda con distintas organizaciones sociales, como la apuesta a intentar, en medio de la crisis institucional, ser manos que tendieran puentes de encuentros, voces que pusieran en palabras la denuncia junto a la propuesta de que otro país era posible.

Sonó fuertemente en nosotros aquello de que “no podemos ser peregrinos al cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena” y así en el horizonte de la Asamblea Federal de agosto de 2002, alcanzada también por la crisis que nos obligó a realizarla en forma restringida, decidimos que el paso más que la Institución debía dar como prioridad en el escenario de su doble protagonismo, era hacia el Bien Común.

Sobre él giró toda la reflexión de la Asamblea Federal concientes de que ahí debíamos reconcentrar muchos esfuerzos, sin descuidar la solidaridad y los servicios, porque sin ninguna duda la realidad acuciante de nuestros hermanos más necesitados, seguía y sigue siendo el telón de fondo de nuestra realidad.

Al finalizar este acontecimiento de la Asamblea y formular nuevamente las líneas de acción para estos tres años, recogimos lo trabajado en esos días de evaluación y proyección conjunta, y las propusimos para la aprobación de la Asamblea Nacional de diciembre de 2002.

Una vez aprobadas las mismas, quisimos expresarlas en la idea fuerza que nos acompañará hasta el 2005, como síntesis orientadora de nuestros proyectos formativos y apostólicos, y en el devenir propio de nuestro itinerario como Institución, reiterando que no descuidamos por ello, toda la riqueza de nuestra misionalidad.

De allí que, finalmente, y después de un tiempo de reflexión, propusimos como idea fuerza para el 2002-2005 :

«Tiempo de solidaridad y servicio.
Tiempo para construir el bien común»

Y como meta:

Cada comunidad con Acción Católica, un servicio.
Cada militante, un compromiso.

Estamos seguros de que mientras realizamos nuestro aporte cercano, sencillo pero eficaz al hermano que sufre, está solo, enfermo o abandonado, que no tiene trabajo, educación o posibilidades de una vivienda digna, necesitamos comprometernos para cambiar las estructuras sociales que son causas de la injusticia.

Por eso queremos impulsar una Acción Católica atenta a la necesidad de los hermanos en sus comunidades inmediatas, pero comprometida a través de su aporte, a mejorar la sociedad de la que somos parte y que necesita ser sanada desde lo más profundo de sus raíces.

Sabemos que no es un proyecto a corto plazo y de rápida realización, como no lo es la solidaridad y el servicio. También, por ello quisimos que la meta reflejara que estamos haciendo camino y que aquel compromiso antes de ser superado tiene que ser sostenido e integrado en nuevas perspectivas.

El Señor de la historia, nos propone a cada paso interpretar los signos de los tiempos para que desde la contemplación, podamos generar una acción transformadora desde la verdad del Evangelio, que no es sólo palabra de vida para el ámbito de lo “religioso”, sino que es mensaje que anima y sostiene la acción capaz “de hacer nueva todas las cosas”

De esto se trata la propuesta de animar a nuestros organismos de conducción, a nuestros grupos de militancia, a nuestros dirigentes y militantes, a nuestros servicios evangelizadores a asumir la evangelización, la formación de las conciencias, la santificación, en un signo concreto de construcción del Bien Común en los barrios, en los municipios, en las provincias, a partir del trabajo de reconstrucción del tejido social en la familia, la escuela, los lugares de trabajos, los medios de comunicación social, el campo de la cultura, la política, la economía.

Donde esté presente la Acción Católica, entonces, estará presente este compromiso de ser constructores del Bien Común de la Nación, desde una Institución que desea ser casa y escuela de comunión.

Qué nos dice el Magisterio
Iglesia y Comunidad Nacional – CEA, 1981 (N° 87 a 93).

EL BIEN COMÚN

1) RAZÓN DE SER DE LA COMUNIDAD POLÍTICA

86 Las personas, las familias y los diversos grupos que constituyen la sociedad civil, insuficientes por sí solas para lograr un nivel de vida más plenamente humano, necesitan reunirse a fin de cooperar en el logro de un bien común más universal que el que les brindan el grupo familiar y otros grupos intermedios.

Surge así el Estado, el cual, como comunidad política y como autoridad, encuentra su finalidad en la prosecución del bien común, de la cual deriva su derecho propio y primigenio.

2) EL BIEN COMÚN DE LAS PERSONAS

87 El bien común es, en definitiva, el bien de las personas. Por lo cual el criterio para definirlo es la persona misma, es decir, la propia perfección o realización integral de la persona humana.

88 De aquí que sea entendido como "el conjunto de condiciones de la vida social, que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección".

Por cierto el bien común no consiste en la mera existencia de bienes exteriores y objetivos, sean de orden material, como las riquezas, sean de orden espiritual, como las instituciones culturales y educativas; el bien común estriba en la posibilidad de tener acceso a dichos bienes e instituciones por parte de todos los miembros de la comunidad, ya que el bien común es el bien inherente a las personas mismas. A la mera existencia de bienes exteriores y objetivos, añade un elemento de carácter organizativo, esto es, un ordenamiento de la sociedad que permita efectivamente el disfrute de dichos bienes por parte de todos los miembros.

89 Esto muestra también que el bien común no puede confundirse con el orden externo, por más importante que éste sea. "El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden de las cosas", en el que se comprenden las instituciones, "debe someterse al orden personal y no al contrario". No se lograría el bien común sólo con lograr el orden externo y un perfecto funcionamiento de las instituciones; y si se lograra el recto funcionamiento de las instituciones y su progreso a costa del bien de las personas, ello significaría invertir gravemente aquellos órdenes. Tampoco se puede confundir el bien común con el bien de los organismos dela autoridad pública, y mucho menos con su riqueza. Sólo pasa a ser bien común lo que es participado por el pueblo.

3) EL BIEN COMÚN, RESULTA DE LA COOPERACIÓN DE LAS PERSONAS

90 El bien común es un deber que incumbe a todos los ciudadanos, quienes, si bien libres, no pueden usar su libertad de forma arbitraria o puramente egoísta. La libertad no es para que cada individuo se complazca en el goce privado de usarla solamente en provecho de su propio bien particular.

Quien quiera vivir como miembro de una Nación, además de saber que el esfuerzo material y cultural de los demás es necesario para su propio perfeccionamiento particular, ha de tener conciencia de que también su propio perfeccionamiento individual incide en bien de los demás. Consciente de partir de un bien común que le brinda la comunidad, ha de tener el compromiso y la lealtad de hacer a todos los demás partícipes de su propia autorrealidad personal, compartiendo en ellos oponiendo a su servicio el propio bien particular.

Una comunidad, una Nación, en efecto, se construye a través de ese tejido de recíprocas comunicaciones entre los miembros de la misma, lo cual constituye el bien común, de su sentido más profundo, propio y cabal.

4) BIEN COMÚN, DEBERES Y DERECHOS DE LAS PERSONAS

91 Como se ha dicho, el bien común consiste en el conjunto de bienes que, logrados con la cooperación de todos los ciudadanos, deben ser jurídica y efectivamente accesibles a todos, de modos que todos gocen de una igualdad de oportunidades para su propio perfeccionamiento personal.

De aquí la vinculación existente entre el bien común por una parte, y por otra, los derechos y deberes del hombre. Como ha observado Juan XXIII, "en la época actual se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana".

5) ESTADO Y BIEN COMÚN

92 En la realidad del Estado surge de los hombres, las familias y los diversos grupos, en cuanto se reúnen para cooperar en la realización del bien común, es decir, para defender sus propios derechos, de los que ni la comunidad política ni la autoridad del Estado son fuente, sino custodio. Mientras las personas, al reunirse en la comunidad política, se pone al servicio del bien común de todos, el Estado está al servicio del bien común de las personas.

93 La observación de Juan XXIII antes referida, al vincular el bien común con los derechos y deberes de la persona, es coherente con el principio de que la función de la autoridad del Estado esencialmente jurídica, esto es "que la misión principal de los hombres del gobierno deba entender a dos cosas: de un lado, reconocer, respetar, armonizar, tutelar, y promover tales derechos; de otro, facilitar a cada ciudadano el cumplimiento de sus respectivos deberes. Tutelar el campo intangible de los derechos de la persona humana y hacerle llevadero el cumplimiento de sus deberes, debe ser el oficio esencial de todo poder público". "La Iglesia ha enseñado siempre el deber de actuar por el bien común, y al hacer esto ha educado también buenos ciudadanos para cada Estado. Ella, además, ha enseñado siempre que el deber fundamental del poder es la solicitud por el bien común de la sociedad; de aquí derivan sus derechos fundamentales. Precisamente en nombre de estas premisas concernientes al orden ético objetivo, los derechos del poder no pueden ser entendidos de otro modo más que en base al respeto de los derechos objetivos e inviolables del hombre. El bien común, al que la autoridad sirve en el Estado, se realiza plenamente sólo cuando todos los ciudadanos están seguros de sus derechos. Sin esto se llega a la destrucción de la sociedad, a la oposición de los ciudadanos a la autoridad, o también a una situación de opresión, de intimidación, de violencia, de terrorismo, de lo que nos han dado bastantes ejemplos los totalitarismos de nuestro siglo. Es así como el principio de los derechos del hombre toca profundamente el sector de la justicia social y se convierte en medida para su verificación fundamental de la vida de los organismos políticos".

 

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