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Tiempos de misericordia y Fraternidad

Transitando el cierre del Año Jubilar de la Misericordia, consultamos al Presidente del Consejo Nacional, Rafael Corso, sobre los temas y valores principales que nos deja este tiempo especial y cómo continuar como miembros de la institución todo lo que esta etapa fue inspirando y fructificando.

¿Cuáles creés que fueron los conceptos clave que propuso Francisco al declarar el 2016 como el “Año de la Misericordia”?

Francisco nos invita a contemplar y comprender que “Jesucristo es el rostro de la Misericordia del Padre” y en Él “somos” esencialmente por el Amor Misericordioso de Dios. Todo lo que existe, visible e invisible tiene su origen en Dios  y está llamado a tener su fin en Él. La Misericordia nos dice Francisco “es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”.

También nos propone el camino de la misericordia como medicina para nuestro tiempo, como pedagogía para entender que “estamos llamados a vivir de misericordia porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia”. En definitiva nos propone ser misericordiosos como el Padre con la convicción de que “como ama el padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros”.

 

Teniendo en cuenta el contexto actual, ¿cuáles son los desafíos o aspectos que debemos mejorar como miembros de la Iglesia?

Ser misericordiosos es un programa de vida comprometedor y rico en alegría y paz que nos debe mover primero a la escucha de Jesús, la Palabra de Dios, para contemplar su misericordia y asumirla como propio estilo de vida en el crecimiento como sus discípulos misioneros en el mundo de hoy.

El tiempo presente nos desafía a salir de nuestras zonas de confort y poner el foco en todas  las periferias, el cuidado e integración de la fragilidad, pobreza, adicciones, esclavitudes modernas, trata de personas, trabajo esclavo, migrantes desplazados, indocumentados, la familia, el cuidado de la vida desde la concepción a la muerte natural, el cuidado de la Creación como nuestra casa común… en fin, creo que los desafíos son muchos y podemos verlos si asumimos que la vida no es una casualidad sino un don maravilloso de Dios, que también es tarea que demanda una respuesta consciente, comprometida y laboriosa de cada ser humano.

 

¿Qué acciones hizo ACA para este año extraordinario? ¿Cómo ves que se comprometieron las diócesis?

 Las acciones emprendidas son muchas y variadas partiendo esta visión integradora. En primer lugar movilizando a cada uno de nuestros miembros en la respuesta y el compromiso personal, comunitario y social en el sentido de una transformación positiva de la realidad a partir de las acciones cotidianas.

Como comunidad nacional y como vida de las diócesis, podemos ver que se afianzaron las iniciativas de trabajo en comunión tanto en la pastoral ordinaria como en los vínculos sociales personales e institucionales; el desarrollo de servicios en torno de las necesidades de los más pobres y postergados, enfermos, adictos, víctimas de trata, sin techo, víctimas de violencia; iniciativas de cuidado de la vida y las familias, de cuidado del medio ambiente y el desarrollo integral, de construcción de la amistad social como camino de encuentro, explicitación de intereses y construcción social y política, el compromiso eclesial y social en organismos y espacios de construcción del bien común, la educación para el desarrollo y la Paz. Todos estos temas fueron enmarcados en diferentes campañas, congresos, talleres y actividades puntuales según su temática y población objetiva, muchos de los cuales podrán seguir a través del área “proyectos” en nuestra página web, como también consultando a los miembros dirigentes de cada área.

Hemos también destacado la celebración y propuesta en torno a las figuras ejemplares, los santos de nuestro tiempo, que nos inspiran con sus virtudes a crecer en nuestro compromiso y entrega. Hay mucho para dar gracias y si fuese necesario podríamos nombrar a cada miembro, a cada uno de los grupos de militancia donde se vive la vida ordinaria de la Acción Católica, a cada una de las comunidades Parroquiales, de los Sectores, de las diócesis en las que estamos presentes, las iniciativas formativas, actividades, convenios, espacios sociales en los que hemos participado, cursos, encuentros, seminarios, jornadas, organismos eclesiales, espacios sociales, de la mano de nuestra Madre, todo lo ponemos en manos de Dios.

 

¿Qué podemos rescatar y vivenciar de lo que hemos aprendido para el año que comienza?

 El acento de este año jubilar convocado por el Papa Francisco en vivir de las Bienaventuranzas evangélicas, pese a las pobrezas y carencias de nuestra realidad lastimada, nos ha hecho comprobar una vez más que la alegría del amor es la fuerza transformadora que da esperanza a nuestra existencia y éste no es un punto de llegada sino un camino permanente que nos reclama perseverancia y crecimiento.

El año que comienza nos invita a perseverar en la misión, en actitud de salida con Jesús a las periferias geográficas y existenciales para vivir la vida en plenitud compartiendo nuestros dones, a seguir construyendo con todos los varones y mujeres de buena voluntad el encuentro, en comunión, cercanía, acompañando a los más pobres y sufrientes, en el desarrollo de la pastoral ordinaria y la comunidad eclesial, en la edificación de una realidad más justa y fraterna a partir de la convicción que en Jesús, nuestro hermano mayor, somos hermanos celebrando el don maravilloso de la Vida.

 

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