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De San Cayetano al Día del Niño

En este mes de agosto hemos tenido dos celebraciones que marcan la vida de nuestro pueblo: el mes del Día del Niño y la fiesta de San Cayetano.

Tiempo atrás, mirábamos agosto y enseguida venían a nuestra memoria que el 7 es la fiesta de San Cayetano y que determinado domingo es el día del niño.

Cada 7 de agosto en todo nuestro país hay una gran movilización de gente en torno a parroquias, capillas y ermitas dedicadas al santo. Familias enteras peregrinan al encuentro del patrono del pan y del trabajo para pedirle estas dos gracias: pan y trabajo. Y en el rostro de cada peregrino se trasluce un pueblo de fe que ante la necesidad se aferra a Dios… Contemplar la vida de San Cayetano es contemplar una vida entregada a Dios y entregada a los demás, por eso celebrar a este santo es celebrar a un Padre providente, nuestro Padre Dios, que nunca abandona a sus hijos y necesita de cada uno de nosotros para que la cultura del descarte no deje a tantos hermanos al costado de la vida sin pan y trabajo; por eso la fiesta de San Cayetano debe ser fiesta de la solidaridad, fiesta de la cercanía y el compartir.

En el mes de agosto también celebramos el Día del Niño, que a raíz de tantos cambios en el domingo que se celebra terminamos por vivir cada agosto el MES DEL NIÑO y esto nos permite mirar la vida que comienza, celebrarla y cuidarla en sus primeros pasos… Pensar en los niños es pensar en la sencillez, la pureza, la inocencia y la ternura; es volver a pasar por la mente y el corazón las palabras de Jesús: “el que se hace como un niño, será el más grande en el Reino de los Cielos” (Cf. 18, 4).

Por eso pedimos a Dios, Padre de ternura, que proteja y cobije con su amor a todos los niños, especialmente a los que sufre en el cuerpo y en el alma y nos comprometa a todos en la defensa de la vida, especialmente las más frágiles y vulnerables.

 

Pbro. Pablo Emmanuel Bonetta

Asesor de la Comisión Nacional de Sectores

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