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ADULTOS | Animarse a participar para construir un mundo mejor

 

Por Néstor Caruso

Responsable de la Comisión Nacional de Adultos

En Noviembre de 2015, en oportunidad de una jornada de estudio dedicada al tema ”Vocación y misión de los laicos’. Cincuenta años después del Decreto ”Apostolicam Actuositatem”, organizada por el entonces Pontificio Consejo para los Laicos en colaboración con la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, el Papa Francisco, a través de un mensaje enviado a los organizadores y participantes del evento, recordaba que: El Concilio, no considera a los laicos como si fueran miembros de “segundo orden”, al servicio de la jerarquía y simples ejecutores de las órdenes superiores sino como discípulos de Cristo, que, en virtud de su bautismo y de su inclusión natural en “el mundo”, están llamados a animar cualquier entorno, cualquier actividad y relación humana con el espíritu del Evangelio… A propósito de esto, creo que caben aquí también las palabras de Francisco en el II Congreso Internacional de Acción Católica: “Por favor no sean de aquellos que no hacen algo porque no pidieron permiso… y no encuentran a quién tienen que pedírselo… A veces es mejor pedir perdón después,  que pedir permiso antes… pero hacer la cosa…”

El documento conclusivo de Aparecida reafirma a los laicos que: “Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio.” (Aparecida, 210).

Sería bueno considerar que en estas actividades para transformar la realidad deben incluirse aquellas acciones que nos permitan acercarnos a otras instituciones de la sociedad civil. El mismo documento nos dice que: “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida, nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano. El amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia, requiere que socorramos las necesidades urgentes, al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos o instituciones para organizar estructuras más justas en los ámbitos nacionales e internacionales. Urge crear estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos. Igualmente, se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales”. (Aparecida, 384)

Así también, el Decreto sobre el Apostolado de los laicos exhorta: Procuren los católicos cooperar con todos los hombres de buena voluntad en promover cuanto hay de verdadero, de justo, de santo, de amable (Cf. Fil., 4,8). Dialoguen con ellos, superándolos en prudencia y humanidad, e investiguen acerca de las instituciones sociales y públicas, para perfeccionarlas según el espíritu del Evangelio.” (AA, 14)

Hace ya casi 30 años, en Christifidelis laici, San Juan Pablo II, parafraseando la parábola evangélica,  preguntaba ¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día?Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso”. Y agregaba: “Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo nuestro con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales presentan problemas y dificultades más graves respecto a aquél que describía el Concilio en la Constitución pastoral Gaudium et spes. De todas formas, es ésta la viña, y es éste el campo en que los fieles laicos están llamados a vivir su misión.” (ChL 3)

Posiblemente hoy, como entonces, podríamos afirmar que la situación en el mundo es más grave. ¿En cuanto habrá contribuido nuestra inacción, o quizás nuestra acción insuficiente, a esta realidad? Sería bueno un examen de conciencia al respecto. Por eso, aceptemos la propuesta de Francisco:

“Quisiera proponeros, como horizonte de referencia para vuestro futuro inmediato, un binomio que se podría formular así: «Iglesia en salida – laicado en salida». También vosotros, por lo tanto, alzad la mirada y mirad «fuera», mirad a los más «lejanos» de nuestro mundo, a tantas familias en dificultades y necesitadas de misericordia, a tantos campos de apostolado aún sin explorar, a los numerosos laicos de corazón bueno y generoso que voluntariamente pondrían al servicio del Evangelio sus energías, su tiempo, sus capacidades si fuesen convocados, valorados y acompañados con afecto y dedicación por parte de los pastores y de las instituciones eclesiásticas. Tenemos necesidad de laicos bien formados, animados por una fe genuina y límpida, cuya vida ha sido tocada por el encuentro personal y misericordioso con el amor de Cristo Jesús. Tenemos necesidad de laicos que arriesguen, que se ensucien las manos, que no tengan miedo de equivocarse, que sigan adelante. Tenemos necesidad de laicos con visión de futuro, no cerrados en la pequeñeces de la vida.” (Papa Francisco. Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos, 17/06/2016)

Animémonos a participar como adultos en espacios de construcción a nivel local, provincial, nacional, porque “…una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de trans­mitir valores, de dejar algo mejor detrás de nues­tro paso por la tierra. (…) Todos los cristianos, (…), están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del cora­zón amante de Jesucristo”. (EG, 183)

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