+51 11 4331 6323 secretaria@accioncatolica.org.ar

Ser testigos de una alegría que es “esperanza para todo el pueblo”

María dio a luz a su Hijo primogénito,
lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la posada

 

Cada año armamos el pesebre, y si bien tratamos de renovarlo poniéndole luces y adornos nuevos y más coloridos o brillantes, el pesebre siempre seguirá siendo “pesebre”: una cueva de animales, un lugar decididamente pobre donde cada uno vale por lo que es y lo que puede brindar;  ésta realidad es maravillosa porque el pesebre no admite disfraces y es precisamente la sencillez de la escena la que mueve nuestro corazón una y otra vez llamándonos a la ternura, al reconocimiento de un Dios que ama la Vida y la abraza, así como viene. Dios no se deja engañar por el brillo y lo majestuoso, Dios elige “la periferia”, sí, la periferia de la ciudad de Belén y la “periferia existencial” de los pobres y marginados de ese momento para manifestarse al mundo y para que ningún brillo desvíe la mirada de lo auténticamente esencial y verdadero.

Y así Dios lleva a cabo este sueño desde María, una mujer creyente y arraigada en la esperanza de su pueblo que tuvo el coraje de confiar en Él y apostar a la Vida a pesar de que todo se lo podía venir en contra. Y también lo hace con José, el hombre bueno y sincero que prefirió creerle a Dios antes que a sus dudas y a lo que podían pensar los demás. Así Dios se nos revela en el amor y la generosidad de una sencilla pareja creyente, que no mide fuerzas ni riesgos porque sabe que sus vidas valen y que toda vida que viene de Dios, “vale”. No precisaron cámaras, flyers, manifiestos reivindicatorios, ni lugares de poder para cambiar la historia, ¡Y realmente la cambiaron! porque hoy, pasados más de dos mil años, el pesebre nos sigue hablando de amor, de ternura, de sencillez, de familia, de alegría serena y verdadera. Arriesgaron a dejar sus “lugares de seguridad” y no fueron defraudados; la vaca, el buey, el asno, los rebaños y los pastores se encargaron junto con ellos de cuidar “la Vida”.  ¡Dios anda por caminos inesperados!

Acerquémonos despacio al pesebre, animémonos a contemplarlo como aquellos pobres pastores que vivían, como tantos hermanos nuestros, al desamparo de los hombres, pero al amparo de Dios; y dejemos que nos invada la sorpresa, permitiéndole a Dios que se nos manifieste hoy a nosotros.

Animémonos a mirar este niño pequeño tan necesitado de calor, de abrazo y de cuidado, y que brote de nuestro corazón lo mejor de nosotros mismos. Que nuestra propia capacidad de ternura también nos sorprenda, porque ahí Dios también se está manifestando.

Esta sorpresa también puede transformarse en noticia buena: Dios está al alcance de todos los que se atreven a no sentirse tan seguros, a dejarse cuidar por Dios y por los hermanos, a no renegar de la propia vida ni de la de los otros, sino a dar gracias. Gratitud como la de aquellos pastores que contaron “lo que habían visto pero sobre todo lo que a ellos les había ocurrido”.

También nosotros, como Acción Católica Iglesia en salida que camina junto al pueblo de Dios que peregrina en Argentina tenemos algo para contar. Éste puede ser el llamado que esta Navidad nos hace. Nuestra fe tiene algo que “anunciar” a tantos hombres y mujeres “que caminan en tinieblas y sombras de muerte”.

Que muchos, que muy cerca de nosotros viven y experimentan la “periferia de la vida”, puedan encontrar en nuestra cercanía una presencia que les hable de Dios que los ama, de Dios que es ternura, amigo de la vida y viene a nosotros, a todos, a cada uno, para darnos vida y vida en abundancia, para hacernos felices.  Que podamos acercarnos al Dios que late en el corazón de hermano y descubrir cómo ser iglesia “Iglesia viva y que da Vida”, testigos de una alegría que es “esperanza para todo el pueblo”.

Que el Señor nos bendiga, nos de la paz. Que la Virgen Madre de Dios y san José nos enseñen a cuidar a Jesús que vive en nosotros.

 

Monseñor Eduardo García

Asesor General de ACA