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Conferencia Episcopal Argentina
AFRONTAR
CON GRANDEZA NUESTRA SITUACIÓN ACTUAL
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Consuelen,
consuelen a mi Pueblo, dice el Señor... Preparen en el desierto
un camino, que se rellenen todos los valles y se aplanen las montañas
y colinas (Isaías 40, 1-4).
1. Dos mil años después de la Encarnación
de Jesucristo, el Hijo de Dios, la voz del profeta resuena en nuestros
corazones como resonó en el de Juan el Bautista, enviado a
anunciar la llegada del Mesías (cf. Lc 3,4-6).
No queremos que pase este Jubileo, año de fuerte llamado a
la conversión y a la reconciliación, sin que todos nos
sintamos interpelados y comprometidos por la palabra del Profeta.
Como servidores de nuestro pueblo y junto a todos los fieles cristianos
hemos expresado en el Encuentro Eucarístico de Córdoba,
nuestro arrepentimiento delante del Señor, por las veces que
en nuestra historia se ha desvirtuado su mensaje. Deseamos ardientemente
que esta gracia de Dios sane nuestra libertad, y se manifieste en
una verdadera renovación espiritual y moral de la sociedad.
2. Son muchos los argentinos que se preguntan: ¿qué
nos está pasando? También nosotros nos hacemos esa reflexión
y nos preguntamos: ¿cuáles son las causas de esta sensación
generalizada de abatimiento y desilusión? Sin duda estamos
en un momento crítico.
3. Algunos mirando al mundo se responden: ¿cómo no vamos
a estar en crisis si es el mundo entero el que está en crisis?
La falta de trabajo y la polarización tan acentuada y escandalosa
entre pobres y ricos no es sólo un problema argentino.
Debemos reconocerles parte de verdad. Vivimos en un mundo en el que
la primacía de lo económico, sin un marco de referencia
a lo social y al bien común, impide el resurgimiento de muchas
naciones.
4. Otros dicen que no vamos a salir adelante si tenemos que pagar
desorbitados intereses para saldar la llamada deuda externa. Y no
faltan quienes atribuyen nuestra imposibilidad de despegue al hecho
de que las grandes potencias, de modo unilateral, subsidian sus productos
y nos impiden acceder competitivamente con los nuestros a los mercados.
Esta situación de injusticia influye fuertemente en la sociedad
argentina. También en estas afirmaciones hay parte de verdad.
5. Aún reconociendo estos fuertes condicionamientos, a nosotros
nos surge otra pregunta: ¿una vez más vamos a buscar
las causas de nuestros males sólo fuera de nosotros mismos?
¿Una vez más vamos a evadirnos cobijándonos en
la culpa ajena?
Creemos que no es tiempo de evasiones, ni voluntarismos, ni fatalismos.
Nuestra crisis es también nuestra. Todos, en distinto grado,
somos responsables de lo que nos pasa.
6. De una u otra manera cada uno está medianamente
informado de las consecuencias de la crisis: exclusión social
y brecha creciente entre ricos y pobres, inseguridad, corrupción,
violencia familiar y social, serias falencias en la educación
y en la salud pública, aspectos negativos de la globalización
y tiranía de los mercados.
A todo esto debemos añadir los desvalores que nos proponen
desde afuera y conforman un marco cultural que atenta contra la vida
y la dignidad humana y, en muchos casos, adquiere justificación
legal.
Pero esta crisis no es sólo un problema estadístico.
Ante todo es un problema humano. Tiene nombres, apellidos, espíritus
y rostros. Y lamentablemente a los excluidos ya los contamos por centenares
de miles. Acostumbrarnos a vivir en un mundo con excluidos y sin equidad
social, es una grave falta moral que deteriora la dignidad del hombre
y compromete la armonía y la paz social.
La gran deuda de los argentinos es la deuda social. Todos debemos
preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar y a comprometernos para
saldarla ¿No deberíamos acordar entre todos que esa
deuda social, que no admite postergación, sea la prioridad
fundamental de nuestro quehacer?
7. Hace veinte años, decíamos en nuestro documento "Iglesia
y Comunidad nacional" que las causas de todos estos males eran
de orden moral. Hoy nuestra visión es idéntica. La corrupción
instalada en casi todos los ámbitos de nuestra vida, tiene
protagonistas resistentes al cambio y que impiden la purificación
necesaria de las instituciones. El pueblo tiene la sensación
que la corrupción y la impunidad permanecen con gente aferrada
a sus cargos y se lamenta por la impotencia para cambiar esta realidad.
La nobleza y la necesidad de la política, como expresión
eminente de caridad social, reclama de los políticos y de toda
dirigencia, compromiso y virtudes superiores que permitan recobrar
la confianza y alcanzar el bien de la comunidad entera.
8. ¿Cómo lograr que en la democracia primen los valores?
¿Cómo hacer para que los partidos políticos,
conscientes de su importancia, se pongan al servicio del pueblo en
lugar de atender su propia clientela? ¿Cómo hacer para
que los empresarios recobren la confianza y asuman su responsabilidad
de invertir en el país y generar fuentes de trabajo? ¿Cómo
crear las condiciones para que retornen al país los capitales
argentinos llevados al exterior? ¿Cómo hacer para que
los sindicatos, tan necesarios en la defensa de los derechos de los
trabajadores, en lugar de estar preocupados por espacios de poder,
hagan primar el bien de sus asociados? ¿Cómo lograr
que los formadores de opinión que crean el ánimo cotidiano
del pueblo busquen, más allá del rédito ocasional,
ser testigos de la verdad y del bien?
9. Por otra parte, la debilidad del Estado, su dificultad para ser
actor principal en la resolución de los problemas sociales
y la desconfianza en la mediación de los políticos,
ha generado como contrapartida una amplia red social, sensible a los
problemas de los distintos sectores y preocupada por dar respuesta
solidaria a los más pobres. Esta red representa, con mayor
transparencia, lo sectorial y local: el barrio, la región,
el pueblo, la parroquia, el municipio.
Muchos opinan que para renovar las democracias es necesario atender
a este fenómeno, articulándolo con la sociedad política.
Pueden surgir de allí dirigentes aptos, más sensibles
al bien común y capacitados para la renovación de nuestras
instituciones. En este sentido el noble ejercicio de la democracia,
como su responsabilidad en el gobierno de la cosa pública,
debe estar abierto a las diversas situaciones y nuevos caminos que
la sociedad presenta.
10. Consuelen a mi pueblo..... Que las quebradas se conviertan en
llanuras y los terrenos escarpados en planicies (Isaías 40,4).
Todos, absolutamente todos, cada uno en la misión que Dios
asignó a su vida, estamos llamados hoy a ponernos a la altura
de las circunstancias.
Sabemos que como Nación no podemos aislarnos. Por el contrario,
debemos interactuar con el mundo y fortalecer el nuevo espacio del
Mercosur. Tenemos que atender los requerimientos de un sano intercambio
con países e instituciones internacionales. Pero no podemos
resignarnos a aceptar pasivamente la tiranía de lo económico
que se ha instalado en todas partes. La tarea no debe reducirse a
que las cuentas cierren para tranquilizar los mercados. No es suficiente
hacer bien los deberes hacia afuera.

11. Necesitamos lograr consensos que fortalezcan los lazos de pertenencia
solidaria a la comunidad y proponernos algunas acciones que generen
esperanza en todos. Necesitamos recobrar el valor de la palabra dada
y el cumplimiento de los compromisos asumidos. Necesitamos recuperar
nuestro espíritu de grandeza, fundado en los valores cristianos
y en las reservas morales de nuestro pueblo. Aquí es donde,
humildemente y reconociendo nuestras propias limitaciones, queremos
convocar a la magnanimidad a toda la dirigencia argentina. Es magnánimo
aquél que está dispuesto a sacrificios y esfuerzos en
pos de grandes causas. Creemos que esto es lo que nuestro pueblo está
necesitando: que no se antepongan intereses personales o sectoriales
y se piense en el bien del país y sobre todo, en esos rostros
de miles de hermanos que no llegan a vivir conforme a su dignidad
de hijos de Dios. Ellos son imperiosamente creativos para poder subsistir.
Dios nos permita a todos ser tan creativos como ellos para estar a
su servicio, porque son los preferidos del Señor.
12. La crisis es un desafío y es una oportunidad de cambio
y de nuevo comienzo. Por ello, con un corazón esperanzado,
preguntamos a la dirigencia argentina y nos preguntamos a nosotros
mismos: ¿no habrá llegado el momento de los grandes
gestos que fortalezcan nuestra identidad como Nación, para
lograr un crecimiento sostenido y solidario, donde se privilegie a
los más necesitados? ¿No será éste el
consuelo que nuestro pueblo espera de todos cuantos tenemos alguna
responsabilidad en la orientación de nuestra sociedad?
13. En este contexto de reflexión y compromiso queremos dirigir
una palabra de especial afecto a nuestros fieles, y de modo particular
a los jóvenes. No permitan que las dificultades de este tiempo
apaguen en ustedes el fuego interior que Jesús, el Maestro,
nuestro Camino, Verdad y Vida, les ha encendido en el corazón
y, contra toda desesperanza, los alienta a comprometerse generosamente
en la construcción de una sociedad más justa y más
fraterna.
14. Animados por el Espíritu Santo y con la confianza puesta
en el Padre bueno y providente y en Jesucristo, Señor de la
historia, hacemos llegar este mensaje a todos los hombres y mujeres
de la patria. Que María Santísima, nuestra madre de
Luján, nos ayude a construir una sociedad más humana.
Los Obispos de la Argentina
San Miguel, 11 de noviembre de 2000
Memoria de San Martín de Tours

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