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Jesucristo Señor de la Historia
Los Obispos de la República Argentina 79ª Asamblea Plenaria San Miguel, 13 de mayo de 2000

1. Memoria que funda la esperanza
Estamos celebrando el Gran Jubileo porque hace 2000 años nacía Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre. Ahora que la familia humana se encamina a un nuevo milenio de su historia, la Iglesia Católica hace memoria de la primera Navidad, en la que el Hijo de Dios ingresaba como hombre en el tiempo y en la historia. La puerta de la basílica de san Pedro, que Juan Pablo II abrió en la Navidad de 1999, es un signo de que la gracia de Dios que Jesús nos trajo se ofrece con abundancia a los que iniciamos este tramo de la historia. Es una oportunidad para que la Buena Noticia anunciada a los pobres acerca de la llegada de un tiempo de liberación y libertad, se haga carne en iniciativas de justicia y santidad. Es ocasión para escuchar la invitación de Jesús resucitado que nos dice: "Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos" (Ap 3,20). Esta puerta abierta nos permite ingresar en la Iglesia donde recibimos la invitación a un conjunto de pensamientos, actitudes y sentimientos con los cuales los seguidores de Jesús debemos vivir la memoria que funda la esperanza y emprender el camino del tercer milenio.

2. Meditación y confesión de fe al comenzar un nuevo milenio
Es verdad que finalizamos un milenio en el que se ha silenciado a Dios y se ha profanado al hombre hasta proclamar la muerte de ambos, por medio de injusticias inmensas, de libertades conculcadas o mal vividas, de escepticismo y desesperanza, de múltiples atropellos contra la vida, de nuevas formas de idolatría del tener, del placer y del poder. Pero precisamente en estas circunstancias Jesús nos está diciendo una vez más: "¡Levántate y camina!" (Lc 5,23-24) "Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo!" (Mt 28,20) "¡Vengan a mí todos los que están cansados y afligidos, y yo los aliviaré!" (Mt 11,28). Sabemos que si Dios permite pruebas, es porque, en su misericordia, tiene preparado su auxilio eficaz. Más aún, sabemos que en medio de todas las oscuridades de esta época, Dios está sembrando semillas buenas y bellas. Por eso exhortamos a los miembros del Pueblo de Dios y también a todos los hombres de buena voluntad que viven en nuestra tierra: ¡No nos dejemos vencer por el mal! ¡Construyamos con Jesús un mundo nuevo!

Nos alientan las palabras y, sobre todo, los gestos tan elocuentes y significativos del Papa Juan Pablo II: su apremiante invitación a la conversión y a la renovación interior, su sincero reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia, sus repetidos llamados a la paz y la justicia entre todos. En su peregrinación a Tierra Santa, en la ciudad de Belén, expresó con voz firme: "«Aquí nació Cristo de la Virgen María»: estas palabras, inscritas en el lugar en que según la tradición nació Jesús, son la razón del Gran Jubileo del año 2000. Son la razón de esta visita mía a Belén. Son la fuente de la alegría, la esperanza y la buena voluntad que, a lo largo de dos milenios, han llenado innumerables corazones humanos con sólo escuchar el nombre de Belén." (Juan Pablo II, 22.03.2000).

El milenio que amanece es una nueva oportunidad que Dios mismo nos está ofreciendo. Es el Dios creador, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por quien fuimos llamados a formar un sólo Pueblo, que es la Iglesia, y en la cual, ayer, hoy y siempre, se encuentra la vida y la salvación. Por la gracia que Dios nos da, la celebración de los Misterios, la proclamación de la Palabra, el testimonio de los santos, podemos responder con confianza, mirando con esperanza el futuro. Por eso los obispos argentinos hemos iniciado un renovado itinerario de reflexión, diálogo y participación en orden a preparar, con el Pueblo de Dios, un nuevo documento que actualice las «Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización» (CEA, 1990), destinado a los inicios de este milenio. En esta ocasión y para ayudar a vivir el sentido de este tiempo particular con una mirada impregnada de fe y esperanza, compartimos esta meditación, que es, al mismo tiempo, una confesión de fe en Jesucristo, Hijo del Padre y dador del Espíritu Santo. Él es la clave, el centro y el fin de toda la historia, el gozo del corazón humano y la plenitud total de sus aspiraciones.

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