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1.
Memoria que funda la esperanza
Estamos celebrando el Gran Jubileo porque hace 2000 años
nacía Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho
hombre. Ahora que la familia humana se encamina a un nuevo milenio
de su historia, la Iglesia Católica hace memoria de la
primera Navidad, en la que el Hijo de Dios ingresaba como hombre
en el tiempo y en la historia. La puerta de la basílica
de san Pedro, que Juan Pablo II abrió en la Navidad de
1999, es un signo de que la gracia de Dios que Jesús
nos trajo se ofrece con abundancia a los que iniciamos este
tramo de la historia. Es una oportunidad para que la Buena Noticia
anunciada a los pobres acerca de la llegada de un tiempo de
liberación y libertad, se haga carne en iniciativas de
justicia y santidad. Es ocasión para escuchar la invitación
de Jesús resucitado que nos dice: "Yo estoy junto
a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré
en su casa y cenaremos juntos" (Ap 3,20). Esta puerta abierta
nos permite ingresar en la Iglesia donde recibimos la invitación
a un conjunto de pensamientos, actitudes y sentimientos con
los cuales los seguidores de Jesús debemos vivir la memoria
que funda la esperanza y emprender el camino del tercer milenio.
2. Meditación y confesión
de fe al comenzar un nuevo milenio
Es verdad que finalizamos un milenio en el que se ha silenciado
a Dios y se ha profanado al hombre hasta proclamar la muerte
de ambos, por medio de injusticias inmensas, de libertades conculcadas
o mal vividas, de escepticismo y desesperanza, de múltiples
atropellos contra la vida, de nuevas formas de idolatría
del tener, del placer y del poder. Pero precisamente en estas
circunstancias Jesús nos está diciendo una vez
más: "¡Levántate y camina!" (Lc
5,23-24) "Yo estaré siempre con ustedes hasta el
fin del mundo!" (Mt 28,20) "¡Vengan a mí
todos los que están cansados y afligidos, y yo los aliviaré!"
(Mt 11,28). Sabemos que si Dios permite pruebas, es porque,
en su misericordia, tiene preparado su auxilio eficaz. Más
aún, sabemos que en medio de todas las oscuridades de
esta época, Dios está sembrando semillas buenas
y bellas. Por eso exhortamos a los miembros del Pueblo de Dios
y también a todos los hombres de buena voluntad que viven
en nuestra tierra: ¡No nos dejemos vencer por el mal!
¡Construyamos con Jesús un mundo nuevo!
Nos alientan las palabras y, sobre todo, los gestos tan elocuentes
y significativos del Papa Juan Pablo II: su apremiante invitación
a la conversión y a la renovación interior, su
sincero reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos
de la Iglesia, sus repetidos llamados a la paz y la justicia
entre todos. En su peregrinación a Tierra Santa, en la
ciudad de Belén, expresó con voz firme: "«Aquí
nació Cristo de la Virgen María»: estas
palabras, inscritas en el lugar en que según la tradición
nació Jesús, son la razón del Gran Jubileo
del año 2000. Son la razón de esta visita mía
a Belén. Son la fuente de la alegría, la esperanza
y la buena voluntad que, a lo largo de dos milenios, han llenado
innumerables corazones humanos con sólo escuchar el nombre
de Belén." (Juan Pablo II, 22.03.2000).
El milenio que amanece es una nueva oportunidad que Dios mismo
nos está ofreciendo. Es el Dios creador, el Padre de
Nuestro Señor Jesucristo, por quien fuimos llamados a
formar un sólo Pueblo, que es la Iglesia, y en la cual,
ayer, hoy y siempre, se encuentra la vida y la salvación.
Por la gracia que Dios nos da, la celebración de los
Misterios, la proclamación de la Palabra, el testimonio
de los santos, podemos responder con confianza, mirando con
esperanza el futuro. Por eso los obispos argentinos hemos iniciado
un renovado itinerario de reflexión, diálogo y
participación en orden a preparar, con el Pueblo de Dios,
un nuevo documento que actualice las «Líneas Pastorales
para la Nueva Evangelización» (CEA, 1990), destinado
a los inicios de este milenio. En esta ocasión y para
ayudar a vivir el sentido de este tiempo particular con una
mirada impregnada de fe y esperanza, compartimos esta meditación,
que es, al mismo tiempo, una confesión de fe en Jesucristo,
Hijo del Padre y dador del Espíritu Santo. Él
es la clave, el centro y el fin de toda la historia, el gozo
del corazón humano y la plenitud total de sus aspiraciones.
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