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IGLESIA
Y MUNDO:
DIÁLOGO Y CAMINO DE SALVACIÓN
LOS LAICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA
DESDE EL CONCILIO VATICANO II
HACIA EL TERCER MILENIO
Mons. Stanislaw Rylko
Secretario del Pontificio Consejo para los Laicos
Introducción
El Concilio Vaticano II ha significado un cambio epocal en
las relaciones entre la Iglesia y el mundo debido a la nueva
impostación de sus relaciones recíprocas, las
que desde siempre han sido complicadas y delicadas. Por lo tanto
ante la Iglesia se han abierto nuevos horizontes y nuevas vías
de evangelización y de diálogo con las realidades
temporales.
Son ya más de 30 años los que nos separan de la
conclusión del Concilio Vaticano II. Tantas cosas han
cambiado en el mundo y en la Iglesia, pero la enseñanza
conciliar continúa siendo una tarea con la cual cada
cristiano se debe confrontar.
Cada generación debe 'aprehender' el Concilio, debe saber
comprender su espíritu, debe empeñarse en concretar
su doctrina. Al final del Concilio Vaticano II, el Card. Karol
Wojtyla escribía: 'A través de la complicada experiencia
del Concilio hemos contraído una deuda con el Espíritu
Santo' (Alle fonti del rinnovamento, pp. 11-12). Todos somos
deudores del Concilio Vaticano II y el único modo de
pagar esta deuda es poner sus enseñanzas en práctica
con nuestra vida personal y con aquella de nuestras comunidades
eclesiales.
El Papa en el camino de preparación al Gran Jubileo invita
a un serio examen de conciencia, que debe referirse en particular
a la recepción de la doctrina del Concilio, este 'gran
don del Espíritu a la Iglesia hacia el final del segundo
milenio' (Tertio millennio adveniente, n. 36) e inmediatamente
después agrega: 'Una pregunta vital debe plantearse con
referencia al estilo de las relaciones entre Iglesia y mundo.
Las directivas conciliares - ofrecidas en la Gaudium et spes
y en otros documentos - de un diálogo abierto, respetuoso
y cordial, acompañado por un discernimiento atento y
por un valiente testimonio de la verdad, siguen siendo válidas
y nos llaman a un ulterior compromiso' (ibid.).
En mi relación presentaré por lo tanto un cuadro
general de la problemática del diálogo entre la
Iglesia y el mundo, así como es expuesto por el Concilio
Vaticano II y por el magisterio pontificio postconciliar.
En efecto, la fuente viva del magisterio eclesial debería
ser siempre para todos los cristianos un punto de referencia
seguro, un incentivo continuo que lleve a un compromiso más
fuerte y un fundamental criterio de verificación para
el 'estilo' de las relaciones con el mundo contemporáneo.
Vivir el misterio de la Iglesia
En el diálogo con el mundo, la autoconciencia eclesial
de los cristianos es de crucial importancia. Ecclesia, quid
dicis de te ipsa? A esta pregunta - guía del Concilio
Vaticano II, se ha respondido con una fórmula tan sintética
como cargada de significado: La Iglesia es un misterio de comunión
misionera.
La Iglesia es además 'misterio', es decir una realidad
que no nace ni de nuestra imaginación ni de nuestras
fuerzas, pero que también podemos encontrar y vivir.
Es un don que supera nuestras capacidades de comprensión,
pero que también nos fascina.
La Iglesia es también 'misterio de comunión' profundamente
radicada en la vida trinitaria de Dios mismo. En la Christifideles
laici n.18, el Papa explica: ' Esta comunión es un don
gratuito de la gracia, pero también es una tarea, un
compromiso.' Cada uno debe sentir que está llamado a
construirla según su vocación específica.
La Iglesia es además 'comunión orgánica'
en la cual existen diversidad y complementariedad de vocaciones,
ministerios, servicios, carismas y responsabilidades: obispos,
sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles laicos. Todos realizan
la misma misión confiada por Cristo a la Iglesia. No
existe oposición ni división sino reciprocidad
y coordinación. Es muy importante recordar estos principios
en la práctica de la vida de nuestras comunidades parroquiales
y diocesanas!
La Iglesia, en fin, es misterio de 'comunión misionera'.
No está por lo tanto replegada sobre sí misma,
sino que está orientada hacia la misión, hacia
el mundo. La dimensión misionera del misterio de la Iglesia
tiene profundas consecuencias en la vida de los fieles laicos
y de las comunidades eclesiales. Requiere ante todo una renovada
conciencia de la propia identidad cristiana fundada sobre el
Bautismo: incorporados en Cristo, miembros vivos del Cuerpo
místico de Cristo que es la Iglesia, criaturas nuevas.
He aquí el gran misterio de la vocación cristiana.
Gracias al Bautismo los cristianos participan en el triple oficio
de Cristo: sacerdotal, profético y real. Participantes
en el oficio sacerdotal de Cristo, los fieles laicos son llamados
a ofrecer a Dios el culto espiritual y los frutos de una auténtica
santidad (cfr. Lumen gentium, 34). Partícipes del oficio
profético, son llamados a anunciar el Evangelio mediante
la palabra y el testimonio de vida. Este anuncio se hace particularmente
eficaz por el hecho que se realiza 'en las comunes condiciones
del siglo' (ibid., 35). En fin, partícipes del oficio
real de Cristo, son llamados a construir el Reino de Dios en
el mundo' (ibid. 36).
Cada fiel laico, gracias al Bautismo, se transforma por lo tanto
en sujeto activo y responsable de la misión de la Iglesia.
Y este hecho debe reflejarse en una relación personal
con la Iglesia, caracterizada por actitudes y gestos de amor,
confianza y compromiso.
En la vocación de los fieles laicos se realiza una profunda
compenetración entre la Iglesia y el mundo: llevar la
Iglesia al corazón del mundo y el mundo al corazón
de la Iglesia, lo afirma la Lumen gentium n. 31.
En estas palabras del Concilio se advierte un eco de la antigua
Carta a Diogneto, de la cual vale la pena recordar un fragmento
que expresa felizmente la aparente paradoja de la existencia
cristiana en el mundo: '(Los cristianos) viven en la carne,
pero no según la carne. Transcurren sus vidas en la tierra,
pero su ciudadanía es aquella del cielo. Obedecen las
leyes estables, pero con su modo de vivir, son superiores a
las leyes (...). En una palabra, los cristianos son en el mundo
aquello que el alma es en el cuerpo. La alma se encuentra en
todos los miembros del cuerpo y también los cristianos
están esparcidos en las ciudades del mundo. El alma habita
en el cuerpo, pero no proviene del cuerpo. También los
cristianos habitan en este mundo, pero no son del mundo'. Y
el autor agrega: 'Dios los ha puesto en un puesto tan noble
que no es lícito abandonarlo' (Cap. 5-6; Funk, pp. 397-401).
Comprender la realidad del mundo
El cristiano, si bien no es del mundo, vive en el mundo. Para
realizar su vocación debe por lo tanto comprender la
realidad del mundo y su significado. Debe ser 'ciudadano del
mundo' a pleno título.
El mundo en el cual vivimos es un mundo de grandes y profundos
cambios a nivel global (la globalización), que se realiza
con una rapidez hasta ahora desconocida. Es un mundo de grandes
conquistas científicas, técnicas y sociales que
despiertan tantas esperanzas, pero al mismo tiempo un mundo
que vive dramas profundos y mira al futuro con angustia. Análisis
detallados de las situaciones del mundo contemporáneo
son propiciadas abundantemente. Pero la cantidad de información,
muchas veces contradictoria, con las cuales somos bombardeados,
lejos de mejorar la comprensión de lo que sucede, aumenta
el estado de confusión de muchos.
El cristiano vive en el mundo, debe tratar de comprender los
procesos en curso - sean éstos sociales, culturales,
económicos, políticos - y sus causas, pero no
debe detenerse aquí. Leemos en la Gaudium et spes:: 'Tiene,
pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera
familia humana con el conjunto universal de las realidades entre
las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana,
con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos
creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado
bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado
y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se
transforme según el propósito divino y llegue
a su consumación' (n. 2).
Es una visión dinámica del mundo, que tiene dos
coordinadas esenciales: el misterio de la creación y
aquel de la redención. Como obra de Dios creador, el
mundo tiene su valor y su bondad intrínseca, confirmada
por las palabras de la Génesis: 'Y Dios vio que era cosa
buena' (1,10). Al mismo tiempo, en cuanto criatura, no es un
absoluto porque no encuentra en sí misma la razón
última de su existencia, sino que hace referencia a Aquel
que la ha creado, es decir a Dios. Y además un mundo
herido por el pecado, también a nivel de las estructuras
sociales (el 'pecado estructural' del cual habla Reconciliatio
et paenitentia,16), es decir un mundo que tiene necesidad de
ser redimido. Más bien es ya redimido. 'Dios, en efecto,
ha amado tanto el mundo de dar su Hijo unigénito, para
que quien crea en él no muera, sino que tenga la vida
eterna' (Jn. 3,16). La redención cumplida mediante la
cruz y la resurrección de Cristo da el sentido último
a todo lo creado y a la existencia de cada hombre en el mundo:
'Con su resurrección constituido Señor, El, el
Cristo al cual ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra,
obra ahora en el corazón de los hombres con la virtud
de su Espíritu; no sólo suscita el deseo del mundo
futuro, sino que con esto mismo inspira también, purifica
y fortifica aquellos generosos propósitos con los cuales
la familia de los hombre trata de hacer más humana la
vida y de someter a este fin toda la tierra' (Gaudium et spes,
28).
De estas bases teológicas surge la actitud positiva del
Concilio en relación con el mundo: una actitud que no
se basa en un optimismo superficial, sino en un realismo de
la fe.
En la definición de la relación entre la Iglesia
y el mundo, el Concilio ha remarcado tres principios esenciales,
que es necesario tener presente:
* El primado de la persona humana. La visión conciliar
del mundo es profundamente personalística. Es el hombre
el perno y el criterio fundamental de un verdadero progreso
social. 'La actividad humana, así como procede del hombre,
así también se ordena al hombre (...) El hombre
vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo,
cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia,
mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los
problemas sociales, vale más que los progresos técnicos'
(Gaudium et spes, n. 35). El Concilio mira el mundo a través
del prisma de la persona humana, de su dignidad y de su 'vocación
integral'.
* La estrecha relación entre el mundo actual y 'la tierra
nueva y el cielo nuevo'. Dice la Gaudium et spes: 'Por ello,
aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y
crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en
cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana,
interesa en gran medida al reino de Dios. Pues los bienes de
la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad;
en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza
y de nuestro esfuerzo (...) volveremos a encontrarnos limpios
de toda mancha, iluminados y transfigurados' (n. 39). En tal
caso, para comprender profundamente el mundo presente es esencial
la perspectiva escatológica. El mundo que pierde la perspectiva
del más allá es un mundo sin esperanza, un mundo
deshumanizado. Este principio se opone decididamente a todas
las ideologías de autosalvación y de salvación
'intra-terrena'. Además, remarca que el cristianismo
que habla de la dimensión escatológica del mundo
no es 'opio del pueblo', no es fuga del mundo, sino llamada
a un compromiso en la construcción de una 'nueva humanidad'.
Las realidades terrenas, es decir la ciencia, la cultura, la
economía y la misma sociedad gozan de una 'legítima
autonomía'. Estas tienen sus leyes y sus valores y es
tarea del hombre descubrirlos, usarlos y ordenarlos (cfr. Gaudium
et spes, 36). La Iglesia, la cual ha sido vista por mucho tiempo
como un obstáculo al progreso científico y social,
se presenta ahora como aliada del hombre moderno. Todavía,
esta autonomía no quiere decir total separación
del mundo del Creador. Aquí surge, por ejemplo, la vasta
problemática de las relaciones entre vida socio-política
y ética, entre ciencia/técnica y ética
(los recientes desarrollos de la ingeniería genética
han ya demostrado como puede transformarse en peligrosa para
la humanidad una ciencia que no tiene la guía de claras
normas éticas).
Estos son los elementos esenciales de la visión conciliar
del mundo. Recordarlos desde el inicio, me parece importante.
Ya que para impostar bien el diálogo de salvación
con el mundo, es necesario sobre todo entender qué cosa
es el mundo y cuál es su destino.
Una Iglesia solidaria con el mundo
Nuestro tiempo está caracterizado por una creciente
divergencia entre la Iglesia y el mundo. Y este fenómeno
es una de las expresiones de un proceso que echa sus raíces
ya en el período del Iluminismo. Fue entonces cuando
nació aquella corriente de pensamiento que, fomentando
la emancipación/liberación del mundo del influjo
de la Iglesia en particular y de la religión en general,
ha hecho extraordinariamente difícil el diálogo
Iglesia - mundo.
El Vaticano II ha sido la respuesta del Espíritu Santo
a este gran desafío de la edad moderna. Y el valiente
programa del Concilio de proponer nuevamente el diálogo
con el mundo está plenamente ilustrado en la expresión:
la Iglesia en el mundo. Aquél 'en él ha cambiado
muchas cosas en una relación siempre delicada, compleja
y difícil. La Iglesia no es por lo tanto 'contra' el
mundo, no es hostil en su relación con él; no
está 'sobre' el mundo, no asume una posición de
dominio, sino que está 'en el' mundo, se pone en una
actitud de solidaridad y de servicio.
La Iglesia del Concilio Vaticano II es una Iglesia solidaria
con el mundo, la Iglesia de la opción preferencial por
los pobres y de los 'heridos por la vida'. Lo dicen ya las primeras
palabras de la constitución Gaudium et spes: 'Los gozos
y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres
de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren,
son a la vez los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de
los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano
que no encuentre eco en su corazón' (n. 1).
Esta Iglesia escucha atentamente el mundo porque sabe que Dios
habla también a través de los hechos y de los
eventos temporales. Por esto ella escruta constantemente los
'signos de los tiempos'. Se va haciendo evidente que ésta
es una categoría teológica y no meramente sociológica,
porque es parte de la teología de la historia. Al respecto
dice el Concilio: 'Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero
principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar,
discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo,
las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a
la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada
pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma
más adecuada' (ibid., 44).
La solidaridad de la Iglesia con el mundo y con el hombre tiene
motivos profundos: Juan Pablo II escribe en la Redemptor hominis:
'El hombre, en plena verdad de su existencia, de su ser personal
y junto con su ser comunitario y social (...) es el primer camino
que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión:
esta es la primera y fundamental vía de la Iglesia, tal,
que fue trazada por Cristo mismo, una vía que inmutablemente
pasa a través del misterio de la encarnación y
la redención' (n.14). Es necesario subrayar con fuerza
que no se trata de 'antropocentrismo', sino màs bien
de 'humanismo cristocéntrico'. La Iglesia, cumpliendo
su misión de salvación, 'sana' el mundo, lo hace
más humano.
El Concilio explica: 'Al buscar su propio fin de salvación,
la Iglesia no sólo comunica la vida divina al hombre,
sino que además difunde sobre el universo mundo, en cierto
modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la
dignidad de persona, consolidando la firmeza de la sociedad
y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido
y de una significación mucho más profundos'. (Gaudium
et spes, 40). Por tanto, la Iglesia se presenta al mundo no
sólo como 'experta en humanidad' (Pablo VI), sino también
como 'buena samaritana' (Juan Pablo II).
Pero la actitud de solidaridad y de apertura en relación
con el mundo no basta para eliminar todas las tensiones y todos
los focos de eventuales conflictos. El mundo en el cual vivimos
es un mundo herido por el pecado. Un mundo en el cual la Iglesia
muchas veces no puede presentarse sino como 'signo de contradicción',
generando oposición y hasta hostilidad. La admonición
de San Pablo: 'No tomen como modelo a este mundo' (Rm. 12, 2)
vale también hoy. Más bien, hoy más que
nunca, dado que en nuestro tiempo son muchos los cristianos
a los cuales falta el coraje para oponerse a las presiones de
la moda, para resistir al encanto de la modernidad.
Escribe el Card. Joseph Ratzinger: 'Sostengo, en verdad, que
no tenemos necesidad de una suerte de revolución de la
fe en un sentido múltiple. Sobre todo tenemos necesidad
de volver a encontrar el coraje para andar contra la opinión
común (...). Deberíamos tener el coraje de ponernos
en camino, también contra aquello que es visto como la
'normalidad' para el hombre de fines del siglo XX, y de volver
a descubrir la fe en su simplicidad' (Il sale della terra, pp.
40-41). Parece que hoy la suerte de la acción evangelizadora
de la Iglesia depende en gran parte de la capacidad de los cristianos
de caminar contra la corriente.
El diálogo de la salvación
El servicio más grande que la Iglesia hace al mundo
en cualquier época es la evangelización, es decir
el anuncio de Jesucristo único Redentor del hombre 'ayer,
hoy y siempre' (Hb. 13,8). En esto consiste su misión
de 'sacramento universal de salvación' (cf. Lumen gentium,1)
que es insustituible. Pero en este final de milenio, en la obra
de la evangelización, la Iglesia se debe enfrentar con
desafíos enormes: la propagada secularización
lleva a países de antigua tradición cristiana
a transformarse en verdaderas tierras de misión; crece
aquella diferencia entre Evangelio y cultura, que Pablo VI ha
definido como uno de los dramas de nuestra época (cf.
Evangelii nuntiandi, 20), aumenta el divorcio entre la fe y
la vida de tantos fieles (cf. Gaudium et spes, 43). Ante un
similar escenario, todos los cristianos deben sentirse interpelados
por las palabras de San Pablo: '¡Pobre de mí sino
predicara el Evangelio! (1 Cor. 9,16). La Iglesia del presente
es por lo tanto una Iglesia llamada a un gran esfuerzo misionero
y Juan Pablo II no se cansa de alentarla en el compromiso por
la 'nueva evangelización', estimulando todos sus miembros
a buscar los métodos más aptos para llevar el
Evangelio de Jesucristo a todos los hombres de nuestros tiempos.
En este contexto, el problema crucial que se presenta a la Iglesia
es aquel de la evangelización de la cultura. En todas
partes se advierte hoy - y con urgencia - la necesidad de restablecer
el diálogo con la cultura moderna. Escribía Pablo
VI: 'Es necesario evangelizar - no en manera decorativa, a semejanza
de un barniz superficial, sino de modo vital, en profundidad
y hasta las raíces - la cultura y las culturas del hombre
(...) partiendo siempre de la persona y volviendo siempre a
las relaciones de las personas entre ellas y con Dios' (Evangelii
nuntiandi, 20).
El diálogo de la Iglesia con la cultura de nuestro tiempo
es de una importancia vital no sólo para la Iglesia,
sino también y sobre todo para la misma humanidad, ante
una dramática alternativa: con el tercer milenio a las
puertas o la cultura ayudará al hombre a ser más
humano o, vacía de valores verdaderos, lo destruirá.
¿Cómo se evangeliza la cultura? Es un proceso
muy fatigoso que requiere una acción capilar y proyectos
valientes. Un importante punto de partida para evangelizar la
cultura en los países de amplia tradición cristiana,
consiste por ejemplo en el despertarles la memoria histórica,
en el reanimarles las propias raíces cristianas de la
conciencia. Juan Pablo II, durante sus viajes apostólicos,
lo recuerda muy seguido a cada país y a cada continente:
'Europa, sé tu misma ...', 'América latina, sé
tu misma ...'. Sé tú misma, es decir fiel a tus
raíces cristianas.
El evangelio, no identificándose con ninguna cultura,
la impregna de valores verdaderos, la eleva, la inspira y la
abre a la trascendencia. Juan Pablo II, que tiene un gran interés
por el problema de la cultura, hace al respecto una observación
de relieve: 'La síntesis entre la cultura y la fe no
es sólo una exigencia de la cultura, sino también
de la fe (...). Una fe que no se transforma en cultura es una
fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente
vivida' (L'Osservatore Romano, 21-22.V.1982).
¿Cómo sucede esto? Se trata de un proceso en el
cual la fe en cuanto opción personal de Cristo como Señor
y Maestro, no es vivida en modo individualista, sino que crea
una profunda comunión espiritual entre las personas y
un estilo de vida impregnado de valores evangélicos,
que se transforma en parte integrante de la cultura de una sociedad
o de un pueblo.
Paradigma del diálogo de la Iglesia con la cultura es
siempre el discurso de San Pablo en el areópago de Atenas,
centro, de la cultura del pueblo ateniense (cf. He. 17, 22-31).:
Pablo no espera, sino que va él mismo con coraje al encuentro
del mundo de la cultura de entonces; inicia un diálogo
que puede ser considerado el primer ejemplo de 'inculturación'
del mensaje evangélico en el contexto de la cultura griega.
También este suceso momentáneo contiene una enseñanza:
en el difícil diálogo con las culturas, la Iglesia
jamás se debe rendir ni desalentarse.
Juan Pablo II, refiriéndose a aquel episodio de los Hechos
de los Apóstoles, habla de los areópagos de los
tiempos modernos que la Iglesia debe evangelizar (cf. Redemptoris
missio, 37) y entre éstos indica sobre todo el mundo
de las comunicaciones sociales, la cultura en general, el mundo
de las ciencias, de la política y de la economía.
La Iglesia no puede ignorar el desafío del mundo contemporáneo.
Hoy se necesitan proyectos y programas exactos y concretos.
Un gran campo se abre al apostolado de los laicos. Y es necesario
decir que los miembros de la Acción Católica han
sido siempre muy atentos a la presencia de la Iglesia en el
mundo de la cultura. Tenéis experiencias muy válidas
en varios países. Sería muy útil un intercambio
más amplio de información y de ideas.
La tarea que nos espera tiene carácter de urgencia, y
esto es así a causa de las grandes estrategias mundiales
que en la actualidad se oponen al Evangelio. La Iglesia no vive
fuera del mundo. El 'nuevo orden mundial', el 'nuevo consenso
mundial' - del cual se habla - en los últimos años
ha encontrado expresión en las conferencias mundiales
promovidas por las Naciones Unidas. Ahora, la antropología
que está a la base de estos programas (los cuales después
son impuestos por los gobiernos a escala mundial), es una antropología
no-cristiana y se podría decir sin más, anti-cristiana.
Para camuflar los verdaderos intentos se adoptan neologismos
con términos como 'género', 'salud reproductiva',
etc. mirando sólo y siempre al mismo objetivo: una política
contraria a la familia y contraria a la vida.
La Iglesia, es consciente de la importancia de este desafío,
no puede desertar del campo de la cultura porque la apuesta
es el futuro de la humanidad. A la civilización del odio
se debe contraponer la civilización del amor; a la civilización
de la muerte, una civilización de la vida.
El principal método de evangelización de la Iglesia
del Concilio Vaticano II es el diálogo, como lo ha definido
Pablo VI en su primera encíclica la Ecclesiam suam (1964).
El diálogo al cual se refiere es el diálogo no
como un simple medio de comunicación, sino más
bien diálogo de salvación que tiene como modelo
el diálogo entre Dios y el hombre a lo largo de la historia
de la salvación y en esto reconoce su origen. Es un diálogo
que parte de la libre iniciativa de Dios y de su amor infinito;
un diálogo que no se mide según los méritos
de aquellos a los cuales se dirige; que respeta siempre la libertad
de cada persona; que abraza todos sin discriminación.
Diálogo que exige a quien lo practica una actitud de
estima, de respeto, de amor y de confianza, de prudencia evangélica,
y también de coraje para poder incitar el propio razonamiento
'fuera de los lugares comunes'. El Papa Pablo VI concluye: 'Es
necesario hacerse hermanos de los hombres en el acto mismo en
el cual queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima
del diálogo es la amistad. Más bien, el servicio'
(Ecclesiam suam).
Pablo VI, al trazar este cuadro fascinante del diálogo
con el mundo, no ignora los riesgos que se corren. El período
postconciliar ha demostrado cuán justificadas eran sus
preocupaciones. En la Ecclesiam suam, él escribía:
'El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud para acercarse
a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o
disminución de la verdad.
Nuestro diálogo no puede ser una debilidad respecto al
compromiso con nuestra fe. El apostolado no puede transigir
con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios
de pensamiento y de acción que deben definir nuestra
profesión cristiana'. Estas palabras no han perdido nada
de su actualidad. En efecto, hoy uno de los mayores peligros,
en el diálogo con el mundo, es el relativismo desbordante.
A propósito el Card. Ratzinger escribe: 'También
el concepto de diálogo, que en la tradición platónica
y cristiana había adquirido una función significativa,
ahora asume un sentido distinto. Se transforma sin más,
en la esencia del credo relativista y lo opuesto a 'conversión'
y misión. En una concepción relativista del diálogo
significa poner sobre un mismo plano la propia posición
o la propia fe y las convicciones de los otros, y en línea
de principio considerarlas más verdaderas las posiciones
de los otros'. (La fede e la teologia ai nostri giorni, en elLíOsservatore
Romano, 27.X.1996). Es claro para todos cuán destructivo
puede ser para la fe un diàlogo así concebido
.
En el momento presente es necesario remarcar con fuerza la ley
fundamental del diálogo de salvación que es aquella
de la fidelidad a Dios y, en consecuencia, de la fidelidad al
hombre, estrechamente correlacionadas entre ellas, porque no
se puede ser fiel al hombre sin ser fiel a Dios.
La fidelidad a Dios exige de parte de quien anuncia el Evangelio
algunos requisitos indispensables:
* una auténtica santidad de vida y una profunda espiritualidad
que se nutre de la oración, de los sacramentos y de la
continua meditación de la palabra de Dios;
* la profunda conciencia de ser siervos - no propietarios -
de la palabra de Dios y de la Verdad;
* el conocimiento de los contenidos de la fe. Nuestra fe es
la fe de la Iglesia, no un hecho privado y autogestionado. El
anuncio del Evangelio se produce sólo en la comunión
de la Iglesia y bajo la guía del magisterio eclesial.
Los laicos de la Acción Católica lo saben muy
bien;
* finalmente, se menciona también el criterio de la integridad.
Somos llamados a anunciar toda la verdad del Evangelio. Es necesario
tener el coraje de proponer a los hombres la verdad difícil
y las exigencias radicales de Cristo. Si bien siempre en un
clima de caridad.
Un ejemplo significativo al respecto nos lo da Juan Pablo II
en su diálogo con los jóvenes: 'Soy amigos de
los jóvenes pero un amigo exigente'. El apóstol
de Jesucristo debe osar exigir, si bien siempre con amor.
De la fidelidad a Dios surge en modo natural la fidelidad al
hombre, la sensibilidad a sus problemas. Es un criterio antropológico
de evangelización. Existe un vínculo estrecho
entre la evangelización y la 'humanización', la
promoción humana. El Evangelio no disminuye la persona
humana, sino que ayuda su crecimiento hacia la plena madurez.
La fidelidad del hombre implica todo el proceso de la 'inculturación'
del mensaje evangélico, una búsqueda continua
de los modos de comunicación más aptos, en el
pleno respeto de la integridad de la Verdad revelada.
La Iglesia evangeliza 'ad extra', es decir a aquéllos
que aun no conocen a Jesucristo (actualmente, cada vez con mayor
frecuencia, ellos viven junto a nosotros en la sociedad secularizada)
y evangeliza 'ad intra', es decir a sus hijos que se han alejado
de la vida de la fe, los tibios y los indiferentes. Todos tenemos
necesidad de ser evangelizados, porque todos tenemos necesidad
de conversión.
En nuestra época, la caída de las ideologías
ha revelado en nuestra sociedad un espantoso vacío de
valores verdaderos, capaces de dar sentido a la existencia humana.
Este vacío está acompañado por el despertar
de la nostalgia de lo sagrado, advertida especialmente por las
jóvenes generaciones. Un ejemplo es la Jornada Mundial
de la Juventud, y especialmente la última, la de París,
que ha visto la participación de más de un millón
de jóvenes. ¡Es un 'signo de los tiempos' para
reflexionar! Es un mensaje claro que los jóvenes reunidos
en torno al Sucesor de Pedro transmiten a todo el mundo y también
a toda la Iglesia: he aquí: qué cosa buscamos,
de qué cosa tenemos necesidad ... La mies evangélica
es verdaderamente grande.
'Es la hora de la acción...'
En el diálogo de la Iglesia con el mundo que se llama
evangelización, el rol de protagonistas espera, obviamente,
a los fieles laicos. Éstos, en virtud de la gracia del
Bautismo, participan en manera activa y responsable en la misión
de la Iglesia. Cristo los ha llamado a poner al servicio de
la evangelización sus competencias específicas,
sus talentos y sus carismas: en el ámbito de la familia,
del trabajo, de la escuela, en el compromiso social y político.
'Allí están llamados por Dios, para que (...)
contribuyan a la santificación del mundo como desde adentro,
a modo de fermento' (Lumen Gentium, 31).
Por lo tanto es urgente que los fieles laicos vuelvan a descubrir
su identidad que radica en el Bautismo, es decir su vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo. Volver a descubrir
significa vivir con empeño y entusiasmo renovados. Dice
el viejo proverbio escolástico: 'Operari sequitur esse'.
El 'operari', es decir el apostolado, debe surgir orgánicamente
del nuestro 'esse' (ser) cristiano. Debe crecer por lo tanto
en los fieles laicos la conciencia de la dignidad, del valor,
de la belleza de la vocación cristiana.
Permanece siempre actual la exhortación de San León
Magno: 'Reconoce, cristiano, tu dignidad!' (Sermo, XXI, 3).
Al centro de la vida de cada cristiano está siempre Cristo,
Maestro y Señor. Del encuentro personal con El, surgen
los auténticos testimonios de vida y de empuje misionero.
Sólo así podemos ser en el mundo testimonios creíbles
del Evangelio. Esta es la tarea que el Papa nos ha confiado
para este año 1997, que en el cuadro de la preparación
espiritual al Gran Jubileo, está dedicado a Jesucristo,
único redentor del hombre 'ayer, hoy y siempre' (Tertio
millenio adveniente, 40).
En nuestros tiempos, un rol especial lo ocupa el apostolado
asociado, organizado. Especialmente en un sociedad secularizada
como lo es la actual, para madurar en la fe se siente la necesidad
de ambientes cristianos a los cuales referirse. Se advierte
la necesidad de apoyo por parte de una comunidad de personas
que compartan nuestros mismos ideales. De hecho, después
del Concilio hemos asistido a un florecimiento significativo
del asociacionismo católico, tal como lo leemos en la
Christifideles laici: n. 29.
Este fermento, generado por el Espíritu en la Iglesia,
ha encontrado resonancia también en el seno de la Acción
Católica, entre otras cosas con el nacimiento del Forum
Internacional de Acción Católica, reconocido por
el Pontificio Consejo para los Laicos con decreto del 29 de
junio de 1995.
En el contexto de las distintas asociaciones eclesiales, la
Acción Católica ocupa un puesto particular. Es
una asociación que tiene tantos méritos y una
rica tradición espiritual. En el período preconciliar
ha sido uno de los talleres en los cuales se maduraron no pocas
promesas de la moderna teología del laicado. Y también
hoy, ella representa un potencial espiritual del cual la Iglesia
tiene una gran necesidad. Juan Pablo II, sin titubeos, dijo
a los Obispos polacos en visita 'ad limina': 'Sin la Acción
Católica la infraestructura del asociacionismo católico
en Polonia estaría incompleta' (13.1.1993). El Santo
Padre ha querido indicar de esta manera la necesidad de una
'plantatio' de la Acción Católica en las Iglesias
de Europa centro-oriental, donde después de tantos años
de supresión de la libertad religiosa, se pueden ahora
constituir libremente asociaciones eclesiales. Para el Forum
Internacional se abre aquí un campo de acción
muy importante.
Lo que distingue la Acción Católica de las otras
agregaciones eclesiales, lo que constituye la raíz de
su identidad, es la colaboración de sus miembros en el
apostolado jerárquico (cfr. Apostolicam actuositatem,
20). Pablo VI en uno de sus discursos ha dicho: 'La Acción
Católica está llamada a realizar una singular
forma de ministerialidad laical, dirigida a la 'plantatio Ecclesiae'
y al desarrollo de la comunidad cristiana en estrecha unión
con los ministros ordenados' (LíOsservatore Romano, 26.IV.1977).
Esta peculiaridad tiene exigencias especiales. Todas las asociaciones
están llamadas a una profunda inserción en la
comunidad parroquial y diocesana, a una fidelidad incondicionada
al magisterio eclesial, a un vivo 'sensu Ecclesiae' en las actitudes
y opciones, y a un espíritu de generosa colaboración
con los Pastores, pero en la vida de los miembros de la Acción
Católica todo esto se debe manifestar con una intensidad
particular.
Otra característica de la Acción Católica,
que merece ser subrayada es la unidad 'ad intra' que se construye
en torno al Obispo o al Párroco. Una unidad que sabe
respetar y valorizar la diversidad: por ejemplo, la diversidad
de las tradiciones en las distintas Iglesias locales.
Todo esto presupone un serio trabajo, orgánico y capilar,
de formación de los miembros. Una formación que
genera entusiasmo en la fe, amor por la Iglesia -en particular
aquella diocesana y parroquial - y un fuerte impulso misionero.
Una formación que forja personalidades cristianas coherentes
y fuertes, testimonios creíbles de Cristo en el mundo.
Y, de hecho, la Acción Católica ha sido en la
historia y todavía lo es una importante escuela de formación
del laicado en la Iglesia.
Toda la Iglesia se está preparando a la celebración
del Gran Jubileo del Año 2000. Los desafíos son
grandes. La Acción Católica, bajo la guía
de los Pastores de la Iglesia, desea recogerlos con generosidad
y coherencia. No está fuera de lugar, por consiguiente,
concluir esta relación con las mismas palabras que algunos
años atrás Juan Pablo II dirigía a la Acción
Católica Italiana. Son palabras que expresan el gran
amor y la gran confianza del Santo Padre con respecto a esta
asociaciones que tiene tantos méritos en la Iglesia.
Decía el Papa: '¡es la hora de la acción!
Incertidumbres, extravíos, titubeos, esperas pasivas
no deben tornar nunca más. La vocación cristiana
no admite pausas de sopor, ni tanto menos de sueño. En
la viña del Señor es necesario trabajar con prontitud,
celo y tenacidad' (13.1.1985). No podríamos encontrar
mejores expresiones para incentivar a los christifideles laici,
en particular aquellos de la Acción Católica,
al umbral del tercer milenio.
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