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EL MUNDO
EN QUE VIVIMOS
Vicente Espeche Gil
Me han pedido que hable del mundo en el que estamos y vivimos,
el mundo del que dice el Evangelio 'Tanto amó Dios al
mundo...'
Hablar del mundo, así, a lo grande, invita a imaginar
una lista de datos de dimensiones macro, indicadores globales,
megacategorías, grandes procesos y tendencias, vuelos
de pájaro por sobre los continentes, altos niveles de
abstracción.
También puede ocurrir que una visión del mundo
en que vivimos nos ponga en sintonía con el pensamiento
de los filósofos, donde más que los datos estadísticos
queramos hacer análisis cualitativos.
Todo esto está bien, de alguna manera debemos acudir
a todas las fuentes que nos permitan ubicarnos en una realidad
compleja.
Los grandes interrogantes que ustedes han respondido (situación,
causas, tendencias, actitudes y expectativas del mundo y de
la Iglesia respecto de los laicos) me han servido para identificar
tres grandes cuestiones que les propongo y que describen un
mundo a la vez promisorio y contradictorio, con paradojas y
grandes realizaciones.
1. La cuestión de la globalización,
2. La cuestión de la vigencia de los valores en la cultura
contemporánea,
3. Finalmente, algunas notas del mundo en el que queremos vivir.
1. La cuestión de la globalización
Existe un consenso generalizado en el sentido de que con la
caída del último imperio del siglo XX, el imperio
soviético, ha concluido una época de la historia
contemporánea y que asistimos a los albores de una nueva
era, llena de desafíos pero también de posibilidades
hasta ahora desconocidas.
Si miramos hacia atrás este siglo doloroso y guerrero,
de los totalitarismos y genocidios, no podemos sino alentar
una visión comparativamente positiva de la realidad actual.
Un solo dato bastaría para ilustrar estas posibilidades:
el analfabetismo está bajando en el mundo. Hay un 23%
de analfabetos cuando hace cincuenta años había
un 50%. Además, se ha alcanzado el nivel más alto
de la historia de la humanidad en materia de conocimiento científico.
Por otra parte, el conocimiento científico se ha desbordado
en innumerables aplicaciones tecnológicas que no dejan
de asombrar todos los días. Muchas de ellas fueron pensadas
para la guerra y hoy tienen usos pacíficos y han entrado
a los circuitos comerciales. La salud y la prolongación
de la esperanza de vida, el abaratamiento de los costos y los
tiempos en las comunicaciones y el transporte, el alejamiento
de la amenaza de la guerra nuclear, la difusión de la
democracia en continentes enteros, la lista podría sumar
muchos elementos promisorios.
Percibimos también que, de alguna manera, el mundo y
nuestras vidas han cambiado de escala.
La referencia vital de las decisiones importantes, ya no es
solamente el cuadro político, histórico, geográfico
de mi país, sino una red tupida de relaciones a escala
mundial, hasta alcanzar -directa o indirectamente- los 5700
millones de personas que convivimos en el planeta.
La relación de cada uno de nosotros con el resto del
planeta se da de muchas maneras indirectas, pero también
de una manera directa, a través de la información.
Vivimos un mundo saturado de información, superinformado.
Con todo, se da una paradoja: información no es igual
a conocimiento o comprensión. Podemos saber de dónde
venimos cada vez con más claridad. Sin embargo, no sabemos
con igual nitidez hacia dónde vamos. Ni siquiera exactamente
dónde estamos. Se han ensayado distintos nombres para
describir o definir esta nueva época: nuevo orden internacional,
posmodernismo, fin de la historia, choque de civilizaciones.
El mercado no nos ofrece respuesta a este tipo de interrogantes.
A lo más, podemos decir que estamos viviendo una fase
en un proceso de cambio. Sabemos que esto no queda ni termina
aquí definitivamente. Cuánto durará esta
fase, lo ignoramos.
Hay un cierto horizonte de incertidumbre. No nos extrañe
que junto a las manifestaciones de opulencia haya desencanto,
insatisfacción, depresión, suicidio, evasión
por la droga.
Es que tal vez vivimos un ritmo que no nos permite reflexionar,
pensar, digerir tanta información. Es más, se
habla de un pensamiento único, por parte de quienes consideran
que habiendo llegado el fin de la historia, ya no hay espacio
para ideologías, sino para una sola ideología
final, triunfante. También se habla de un pensamiento
Débil, que representa un cierto tedio existencial, una
falta de voluntad de compromiso, una incoherencia entre el discurso
y la conducta, una visión light de la vida. Se habla
también del conocimiento inútil, que como un circo
tedioso nos ofrece 'La sociedad del espectáculo', la
cultura audiovisual.
En el mundo en que vivimos, entonces, tenemos un déficit
de conciencia, de comprensión, en medio de una marea
de información.
Los más capaces, los más capacitados, o los mejor
informados pueden sobrevivir y aprovechar las ventajas que derivan
de un mundo ampliado. Estos pueden embarcarse en las posibilidades
y exigencias del mundo globalizado.
Para ellos el cuadro de lealtades se expande y se pierde más
allá de su referencia nacional. La identidad se presenta
como más difusa que en el pasado. Si se llega al límite,
los símbolos patrios ya no suscitarán la misma
emoción entre los jóvenes que vivan esta experiencia
y entonces, aparentemente, los viejos intereses nacionales podrán
perder para ellos parte de su importancia.
En cambio, quienes cuentan con menor acceso a la información
y a la capacitación, la opción natural es adherirse
a su localidad, su país, su sociedad, su etnia, ante
un embate exterior que se presenta como desconocido, desorientador
o amenazante. En este segundo caso, puede entonces generarse
una cerrazón.
La globalización pone a cada uno en competencia con todo
el mundo, y los que no se sienten dotados para el desafío,
se retraen. Hay una distancia creciente entre las personas y
las sociedades que participan de la economía y sociedad
globalizada y las personas y regiones que quedan al margen,
en la economía informal o ilegal. El analfabetismo baja
en el mundo, pero se mantiene en Africa y Asia.
Existe entonces una desigualdad de acceso al conocimiento. Sin
conocimiento se hace muy difícil formar parte del sistema
global y el ejercicio de la libertad queda fuertemente condicionado.
Además de la cuestión del conocimiento, con la
globalización se plantea una segunda cuestión,
que es la de su gobernabilidad, su gestión.
En el mundo se han multiplicado los actores y las relaciones
de interdependencia entre los actores. Hay más estados,
hay más empresas multinacionales, hay más bancos,
hay más agencias de noticias.
Pero también hay una crisis del espacio público,
del Estado que se retira de la sociedad, hay un debilitamiento
general del Estado mientras los jóvenes se desentienden
de la política.
Aquí se nos presenta otra paradoja: cada vez hay más
problemas que requieren una acción concertada y solidaria:
Medio Ambiente, no proliferación de armas de destrucción
masiva, deuda externa, narcotráfico, terrorismo, pero
por otra parte nadie parece tener mucho control sobre el mundo
en su conjunto global. Los casos de Somalia, Bosnia, Zaire,
Rwanda y ahora Argelia muestran un sistema político internacional
que no valora la solidaridad y que muestra los límites
de su capacidad de intervención para solucionar problemas
o prevenir su aparición.
Dice Vaclav Havel que 'las causas de los problemas de la civilización
en nuestros días, que enfrenta la humanidad en su conjunto,
deben buscarse en esa catastrófica y manifiesta falta
de responsabilidad por el destino del mundo'.
Vivimos entonces en un mundo globalizado, que a pesar de la
información de que disponemos, no terminamos de comprender
del todo, con muchas posibilidades esperanzadoras, pero sin
que emerjan quienes asuman solidaria y concertadamente la responsabilidad
de poner a producir los recursos existentes en el interés
de todos, en el interés común.
2. La cuestión de la vigencia de los valores en la cultura
contemporánea
Los valores son elementos que orientan la conducta de los hombres
en sus relaciones con el prójimo. Vale la pena hacer
algunas observaciones sobre la vigencia de los valores de la
verdad, la libertad, la justicia y la paz, en la cultura contemporánea.
La verdad
Nuestra época tiene un problema con la verdad.
El comunismo fue una víctima de la verdad. No resistió
la glasnost.
Pero si bien el comunismo se ha ido como concreción de
un imperio histórico, el marxismo nos ha legado una visión
del devenir de la historia como único criterio de verdad.
(Los argentinos recordamos la frase 'la única verdad
es la realidad'). Ha quedado una visión de las estructuras
sociales como único origen y explicación de la
verdad. Esta no es vista sino como verdad política, de
poder, al servicio de intereses, principalmente económicos.
Esta interpretación ha calado hondo en muchas mentes
que ven todo como relativo, no sujetaba a principios y valores
trascendentes ni a criterios objetivos.
Si todo es relativo y no hay una verdad objetiva (¿qué
es la verdad?' de Pilatos) hemos caído en el relativismo,
cuyo único principio de conducta termina siendo el propio
yo de cada uno. Cada individuo convierte su experiencia en criterio
de verdad, de justicia y de bien. El riesgo es que se trate
de la verdad que le conviene, de la justicia para sí
y del bien que le aprovecha.
El relativismo lleva al individualismo, a la falta de solidaridad,
al sálvese quien pueda, empezando por mi. La palabra
salvación adquiere así una dimensión pura
y exclusivamente egoísta y terrena. 'Fulano se salvó',
quiere decir que logró acumular suficientes riquezas,
vaya uno a saber por qué medios, tal vez no lícitos.
Lógicamente, si la historia, si el devenir, si los hechos
que pasan y van pasando son lo único que importa, el
único criterio de verdad, entonces la noción de
eternidad carece de sentido. Solo tomamos en cuenta lo que transcurre
en el tiempo, en el siglo: es el secularismo.
Como el tiempo no alcanza a satisfacer las aspiraciones infinitas
del hombre, vivimos en un mundo sediento de verdad, de sentido,
de religión, de trascendencia.
La libertad
De los informes preparados por ustedes se desprende una gran
riqueza de enfoques complementarios. Es de destacar la frescura
con que los países que realizan su transición
valoran la libertad. El Papa mismo, imbuido de la cultura de
un país que vive una experiencia de transición,
como es Polonia, atribuye un enorme valor a la libertad. En
su última visita a las Naciones Unidas mencionó
decenas de veces a la libertad, mientras que citó a la
paz solamente cuatro veces.
Es como si en cada época de la historia hubiera valores
predominantes y en nuestra época el valor de la libertad,
y sus valores asociados, tuviera especial relevancia.
El Papa viajará a Cuba, donde todavía la democracia
brilla por su ausencia. Cuba es la excepción, ya que
el conjunto de América Latina vive con esperanza por
primera vez en su historia en regímenes políticos
de libertad, es decir, democráticos. La Europa del Centro
y del Oriente vive experiencias igualmente esperanzadoras en
materia política.
Gracias a la democracia y a la libertad se ha hecho posible
la experiencia de la integración. El caso europeo es
ejemplar y en Latinoamérica se han producido importantes
logros económicos y aún políticos El Mercosur
está definitivamente marchando hacia su consolidación,
para beneficio de nuestros pueblos.
Por otro lado, es cierto, se privilegia la libertad, y progresa
la técnica. Ahora bien, la libertad que progresa tiene
mucho de darwinismo social. Ya que el relativismo impide reconocer
la existencia de valores objetivos, las oportunidades de entrar
en carrera - que la técnica multiplica admirablemente,
están restringidas a unos pocos. De la libertad como
valor se pasa a la libertad como ideología. En las sociedades
en transición, y como reacción al estatismo oprimente,
carente de imaginación, cruento, e ineficaz del realismo
socialista, el Estado abdica de sus obligaciones y responsabilidades.
El instrumento de la privatización, muchas veces bien
aplicado y congruente con el principio ético de la subsidiariedad,
otras veces ha dado lugar a una suerte de privatización
del Estado mismo y sus agentes por vía de la corrupción.
Algunos se apropian de lo que es bien de todos.
La justicia
La vigencia de la libertad no debería hacernos desentender
del valor de la justicia, que sigue siendo largamente esperada,
en un mundo donde el 20 % de la población mundial dispone
del 80% de los bienes. En sus observaciones, ustedes han hecho
mención de la desigualdad en la distribución de
las riquezas, o en la desigualdad en el acceso a bienes y servicios.
Antes nos referimos a la desigualdad de acceso al conocimiento.
Pero entre las expresiones mayores de la injusticia se encuentra
el difundido desempleo. El problema desocupación afecta
a muchos. La desocupación resulta de varios procesos.
Hay en algunos casos la llamada robotización, que se
origina en el reemplazo del trabajo humano por procesos técnicos
y máquinas. En otros la causa debe buscarse en la racionalización
del empleo, allí donde antes los presupuestos estatales
no están más en condiciones de subvencionar un
trabajo inexistente o improductivo. En muchas sociedades no
existen instituciones equivalentes al seguro de desempleo. La
desocupación suele darse junto con una deficiente capacitación
laboral o bajos niveles de educación y formación,
o sea, nuevamente, de conocimiento. Este es ciertamente un punto
negro en las economías de mercado, para lo que el capitalismo,
como régimen o sistema, parece no haber encontrado todavía
una solución eficaz.
Aquí tenemos otra paradoja: un mundo donde todo está
por hacerse y donde hay tanta desocupación.
La paz
Si hablamos de verdad, libertad y de justicia, no debemos olvidar
la cuarta hermana inseparable de estos valores: la paz.
Desde 1945, 140 guerras han matado a 130 millones de personas,
en su mayoría civiles inocentes.
No obstante haber terminado la confrontación bipolar,
los sangrientos conflictos que han aparecido después
de 1989, y la persistencia de los que existían desde
antes y no han sido resueltos, indican que las cosas fácilmente
pueden escapar al control, que una vez que están descontroladas
se producen daños irreparables y que es costoso recrear
un orden una vez que este se pierde. Si faltan la verdad, la
libertad y la justicia, la paz es puesta en peligro.
No debe extrañarnos entonces que se hable de la convivencia
de dos culturas, de la vida y de la muerte y que cada tanto
asistamos a las manifestaciones de una y de otra.
Acabamos de enterarnos que en Suecia, uno de los países
más activos en la defensa de los derechos humanos, estuvo
en vigencia hasta 1976 un programa de esterilización
forzosa de 60.000 mujeres como parte de un programa de eugenesia
o limpieza étnica. Ahora se investiga sobre los alcances
de este programa, incluyendo sus vinculaciones con la política
permisivo en materia de abortos. Las ciencias de la salud y
de la vida se ponen al servicio del aborto, de la esterilización
y de la muerte.
Dice Pedro Morandé que un sistema jurídico, una
sociedad que acepta el divorcio vincular, no reconoce la capacidad
de la libre oblación de la persona. El mundo en que vivimos
se empobrece si la familia, que es la cuna de la vida, declina
o si el sentido familiar pierde la dimensión del compromiso.
Esto es lo que trasluce la baja en la celebración de
matrimonios, la multiplicación de los divorcios y el
incremento del número de los hijos nacidos fuera del
marco familiar. Los chicos de la calle, abandonados, ¿qué
jóvenes, qué padres, qué ciudadanos harán?
La limpieza étnica ha estado también en el centro
de la guerra en la ex Yugoslavia. Las guerras tribales en el
Africa han ocasionado la muerte de centenares de millares de
personas. Esta política de exclusión es la antítesis
de la solidaridad a que aspira el hombre.
La convivencia interreligiosa ha sido saboteada también
en Argelia y esta permanentemente bajo ataque en el Medio Oriente.
El contraste entre estas dolorosas experiencias y la manifestación
de las jornadas mundiales de la juventud no podría ser
más elocuente. Si estas jornadas, cuya última
estupenda edición acabamos de celebrar en París,
son un testimonio cabal de la cultura de la vida, debemos señalar
la figura de su gran protagonista : la mujer.
El papel de la mujer en el mundo -siempre trascendente- comienza
ahora a ser cada vez más justamente reconocido y valorado.
La vida y la muerte de la Madre Teresa, conocida y querida en
todo el mundo nos obliga a reflexionar sobre la importancia
de cada vida humana. Ella aparentemente no tenía ni belleza
física, ni riqueza, ni poder. Pero irradiaba alegría,
paz y fortaleza.
3. El mundo en el que queremos vivir
Es importante que estemos en una actitud de escucha ante las
expresiones de la cultura contemporánea. Miremos con
asombro y actitud receptiva dónde sopla el Espíritu,
qué quiere decir en nuestro tiempo 'Hágase tu
voluntad'. Dice Fernando Storni que cuando los no cristianos
hablan cristianamente, la Iglesia debe acercarse a ellos y reconocer
allí los signos de los tiempos.
Ante el mundo en que vivimos, somos un poco como los sordos
y los ciegos marginados a quienes Jesús puso nuevamente
en contacto con la realidad. Ahora que gracias a Jesús
podemos oír y ver, miremos este mundo en que vivimos
con una actitud de confianza con ojos de misericordia y con
ganas de transformarlo.
Miremos este mundo en que vivimos con una actitud de confianza.
Es frecuente entre los cristianos hacer un elenco de las cosas
que andan mal, como quien se quejara. Caemos fácilmente
en el moralismo cuando no formulamos propuestas junto a las
quejas. Así, señalamos que se constata una pérdida
del sentido de la trascendencia, o una difusión de las
sectas. Pues bien, en ambos ejemplos lo que hay que redoblar
en nuestra propia vivencia de la trascendencia y nuestra propia
presencia en la calle y en los ámbitos que están
como ovejas sin pastor.
Debemos ver la globalización u homogeneización
cultural como una nueva oportunidad de evangelización,
al igual que cuando la fe se expandió con el surgimiento
de nuevos espacios que el hombre iba conquistando en el mundo.
Hoy debemos valernos de lnternet y los nuevas técnicas
de comunicación para favorecer las redes solidarias que
se crean.
Los laicos tenemos en estos ámbitos un papel insustituible.
Monseñor Karlic decía hace un par de años
que la Iglesia está para el mundo. No para oponer, o
para imponer, sino para proponer su mensaje.
Ese modelo y ese mensaje que proponemos con el ejemplo, los
sacramentos, la prédica y la enseñanza no consiste
solamente en un horizonte de ideales humanitarios abstractos
sino que es fruto de la fuerza de la gracia que es superior
a nuestras pobres fuerzas. Es la fuerza de la gracia la que
funda nuestra esperanza de que podemos amar como Jesús
nos enseñó. (Monseñor Mendes de Almeida).
Miremos también este mundo en que vivimos con ojos de
misericordia.
Para el cristiano no solamente es valioso el hombre rico, o
el capacitado, o el que esta en condiciones de valerse con éxito
en el mundo globalizado, sino todo hombre, cada hombre, preferentemente
el que no tiene nada, el que no puede valerse por sí
mismo. Nuestro Dios está cerca del corazón quebrado.
Nosotros debemos estarlo también. Ese es nuestro afán
de cada día. Debemos aplicar nuestra inteligencia, voluntad
e imaginación para salirles al encuentro, irlos a buscar
y hacerles sentir que ellos, cada uno, valen por sí mismos,
por ser criaturas de Dios. Cada uno de ellos tiene una misión
y una vocación. La Iglesia, nosotros, debemos ayudarlos
a descubrirla y llevarla a cabo para que se cumpla el plan y
la voluntad de Dios en este mundo.
Pero miremos, además a este mundo en que vivimos con
ganas de transformarlo.
Los miembros del pueblo de Dios, los Christifideles laici, buscamos
esa transformación para alcanzar el Reino de Dios y no
el paraíso en el mundo en que vivimos.
Debemos reemplazar la cultura de la desocupación con
la cultura evangélica de los talentos que todos haremos
fructificar según los hemos recibido y a las distintas
horas de la jornada. Nada de derroche, nada de desaprovechar
la riqueza que Dios trajo al mundo con cada vida humana. ¡Cómo
tenemos que desarrollar nuestra sensibilidad para captar la
vida, para rastrearla allí donde no es evidente ni aparente,
sino que por el contrario parece despreciable! El testimonio
de tantos cristianos que se dedican a los pobres, a los enfermos,
a los descartados del mundo es de un valor tremendo.
Esto nos exige movilizar el enorme potencial ocioso del laicado
todavía no convocado en la Iglesia.
Esto nos exige superar nuestras divisiones entre cristianos
y apuntalar el ecumenismo.
Sabemos por la fe que solamente Cristo, redentor del hombre,
centro de la humanidad, es la plenitud de todas las aspiraciones
del hombre. Cardenal Pironio
Mostremos entonces al mundo lo que el mundo no puede descubrir
por sí mismo: el carácter teológico de
su existencia. Cardenal Hamer.
La verdadera identidad del hombre es ser imagen de Dios. Monseñor
Kasper.
Son los santos que Dios suscita en su Iglesia los que la mantienen
en vilo. Debemos ser santos todos, ya que todos estamos llamados
a serlo. Debemos ser hombres y mujeres de interioridad. Debemos
reflejar el rostro de Cristo al que hemos visto cada día
en la oración. Nuestra verdadera originalidad, nuestro
verdadero aporte es el de la vivencia de la presencia y la acción
de Dios santificador en nuestras vidas.
Y para terminar, no creo que una nueva época necesariamente
exija una nueva doctrina. No es doctrina lo que nos falta. El
Concilio Ecuménico Vaticano II, Lumen Gentium, Gaudium
et Spes, son un cantero todavía sin explotar, todavía
están pendientes de aplicación, por parte nuestra.
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