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JUAN GATTI
La juventud del alma

Era un muchacho que concurría a la parroquia de San Lorenzo Mártir, allá por el año 31, cuando el P. Rodolfo Carboni, párroco de la misma, recibió el encargo de formar el primer Consejo Superior de los Jóvenes de la Acción Católica Argentina.

Y una vez por semana, el personaje que nos ocupa, junto con otros jóvenes atraídos por este llamado, se llegaba hasta la parroquia de Ntra. Sra. de Balvanera para recibir lecciones de piedad por boca del entonces P. Nicolás Fasolino y de Acción Católica del aquel gran maestro que fue Antonio Caggiano.

Y ahí empezó el gran idilio, el gran amor entre JUAN ESTEBAN GATTI Y LA ACCIÓN CATÓLICA. Un amor que perdura hasta hoy, y que sólo fue parcialmente interrumpido por otro gran amor, el que Juancito le declaró a Elda Giordano, y que lo llevó a proponerle casamiento, el que se concretó el 12 de junio de 1948. Después nacieron Pedro, Hugo y María Elda, que ya de grandes, le regalaron cinco nietos.

De ahí en más, la vida de Juan se deslizó entre dos amores: la familia y la Acción Católica.

Fue una vida hecha servicio y generosidad, de manos tendidas, de corazón abierto, de pecho ofrecido.

Y esto sigue siendo así, aún con la limitación física que no lo deja caminar con toda la libertad que él quisiera.

Juan sigue siendo joven porque aún tiene proyectos, ganas de vivir, que para él son ganas de servir.

Pasan por la memoria las noches que trabajaba en el Avda. de Mayo 1396, después en la calle Bartolomé Mitre, en aquel local que facilitara la familia Bassi, en la casona de la calle Paraguay, en el segundo piso de Rodríguez Peña 846, y por último, en esta casa, donde Juan siguió trabajando por y para la Acción Católica.

El vio crecer a la Institución y a jóvenes que participaban en la misma, quienes ocuparon posteriormente funciones en distintos organismos del país o siguieron el camino del seminario; muchos de ellos obispos que ya llegaron a la Casa del Padre, como Mons. Carreras. Iriarte, Zaspe, Devoto, Cárdenas, entre otros.

Sus recuerdos son tantos como los intensos años vividos : “Eran los primeros meses de 1931, nos relata. Acababan de regresar de Italia los Padres Antonio Caggiano, Silvino Martínez, Froilán Ferreyra Reinafé y Cornelio Vignati, encargados por el Episcopado para hacer estudios sobre la Acción Católica y promoverla en nuestro país, quienes le encomendaron al Padre Rodolfo Carboni, cura párroco de San Lorenzo Mártir, que formara un grupo de jóvenes para integrar el primer Consejo Superior de esta Rama. Era la parroquia a la que yo pertenecía; trabajaba como secretario parroquial por la mañana, y por la tarde, recomendado por dicho sacerdote, hacía trabajos administrativos en la Unión Popular Católica Argentina, fundada por Mons. de Andrea, con miras a la formación de la democracia cristiana, que por diversos motivos se disolvió. Con todo su patrimonio pasó a esta Acción Católica que acababa de fundarse por decreto del Episcopado argentino aquel 5 de abril de 1931, cuya organización provenía del aliento que en Roma le diera su fundador, el Papa Pío XI”.

Por su prodigiosa memoria desfilan nombres de integrantes del Consejo Superior, los primeros centros, asambleas, encuentros. De éstos vuelve a brotar el recuerdo :” Aún resuenan en mis oídos las ruidosas manifestaciones de antorchas por las calles céntricas de las ciudades en las que miles de socios y cientos de aspirantes marchaban cantando, rezando y gritando a viva voz los estribillos como “Viva Cristo Rey”; “Firmes en la fe, viriles en la acción”; “Unidos forjemos la patria futura” y otros tantos, ante un gran número de personas que cubrían las veredas.

Los ojos de Juancito Gatti brillan de emoción y vuelve a vivir esa “alegría puesta al servicio de Dios” que el compartió con los jóvenes de aquella época.

Hace algunos años que Juan ya no viene por acá, pero aunque parezca una paradoja, sigue trabajando por la Acción Católica. ¿Saben cómo? Cada vez que, como todas las mañanas de todos los días de todos los años, le reza a la Virgen un Rosario por la Institución y por sus dirigentes.

Todos los que estamos aquí, los que no pudieron venir, a los que no le pudimos avisar, todos, le queremos decir a Juan que ésta es una expresión del profundo amor que le tenemos y que para siempre le guardamos una fraterna y cálida gratitud.

¡ALABADO SEA JESUCRISTO!

 

 

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