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Pronto celebraremos la festividad de Cristo Rey; con ella terminará otro año litúrgico y comienzaun nuevo Adviento.
Habremos recorrido otro año de gracia, contemplando y celebrando el Misterio de Jesús que nos ha invitado, a nosotros, militantesde la Acción Católica, a realizarlo de un modo particular, gestando en él un AÑO JUBILAR.
Un año jubilar es un año de fiesta y de gracia, un año significativo en el que se nos invita a vivirmás profundamente el Amor generoso de Dios y a Dios; el amor generoso de los hermanos y a los hermanos, en nuestro caso manifestado a través de un llamado particular que es don y tarea: la Acción Católica Argentina.
Por ser tiempo de fiesta, es tiempo de encuentro profundo con Jesucristo quien nos revela su rostro, con las necesidades de nuestra realidad, las cualesnos interpelan como “signos de los tiempos”y con la propia interioridad para vernos tal como somos y estamos y desde allí, renovar la pasión por Jesucristo para servir a todos.
Vivir este año jubilar, que todos los militantes de la Acción Católica Argentina, iniciaremos en la festividad de Cristo Rey es un llamado a ponernos con asombro frente al rostro de Cristo quienrevela el amor del Padre para:
- Realizarun examen profundo sobre la propia vida como militante y sobre el compromiso que surge de esta opción libre y personal, que es respuesta a una invitación con “nombre propio”.
- Un propósito firme de revitalizar nuestra identidad de militantes para vivir a fondo el estilo de vida que caracteriza a nuestra Institución.
Deseamos entonces, que este Cristo Rey, día de la Acción Católica Argentina, sea “la puerta” que crucemos juntos, simbólicamente, para recuperar el entusiasmo en la misión, que Jesús nos ha invitado a vivir como parte fundamental de nuestro proyecto personal de vida.
Anhelamos que cada uno de nosotros pueda sentir y compartir con todos los que nos acompañen una vivencia tan fuerte como la expresada en este párrafo que les proponemos para la reflexión personal y comunitaria.
“ Para mí, la pequeña Iglesia que me ayudó a comprender a la grande y a permanecer en ella fue la juventud de Acción Católica, la JAC, como se decía entonces,
Me tomó de la mano, caminó conmigo, me alimentó de la Palabra, me brindó amistad, me enseño a luchar, me dio a conocer a Cristo, me insertó en una realidad viva.
Puedo decir y creo estar en lo cierto, que así como la familia fue la fuente, así la pequeña comunidad de la juventud fue el cauce del río en el que aprendí a nadar.
¡Qué ayuda significó para mí la comunidad que encontré!
¿Qué hubiera sido de mí de no haberla encontrado?
Sólo pensarlo me da miedo.
Me dio justamente lo que la familia, ya vieja, no podía darme...
La Acción Católica me obligó a una catequesis nueva, más madura, en consonancia con los tiempos, me trasmitió la gran idea del apostolado de los laicos y me presentó a la Iglesia como Pueblo de Dios y no como la anticuada pirámide clerical.
Pero, sobre todo, me dio el sentido y el calor de la comunidad.
La Iglesia no era ya para mí las paredes de la parroquia, a donde se iba a cumplir obligaciones oficiales, sino una comunidad de hermanos a los que conocía por su nombre y que seguían un camino de fe y de amor.
Allí conocí la amistad basada en la fe común, la dedicación a un trabajo común, no ya prerrogativa del clero, sino confiado a todos, la dignidad de la profesión y de la familia como auténtica vocación.
Poco a poco la comunidad me ayudó a aceptar mi responsabilidad, me sugirió mis primeros compromisos, me enseñó a publicar diarios y a escribir en defensa de la fe, me dio el gusto por la Palabra y me enseñó a proclamarla en las reuniones públicas.
Y como no estaba preparado para ello, me sugirió siempre con humildad el estudio y la meditación cotidiana de los textos.
A los pocos años estaba cambiado, con el corazón lleno de valores nuevos y con grandes deseos de hacer algo.
Recuerdo que ya no había tiempo libre, porque entre contactos personales y primeros borradores de discursos, entre escribir y viajar, la persona entera estaba ocupada, enteramente ocupada en el ideal encarnado al presente en la vida” Carlo Carreto- Hermano de Foucault. Ex presidente de los Jóvenes de la Acción Católica Italiana en la década de 1950

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