08 Sep JORNADA NACIONAL DE ORACIÓN Y REFLEXIÓN CONTRA LA TRATA DE PERSONAS 2026
La Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas , que se celebró el 8 de febrero de 2026, tuvo como lema: “La paz comienza con la dignidad: una llamada global a poner fin a la trata de personas”.
Según Naciones Unidas, aproximadamente 27 millones de personas en el mundo son víctimas de la trata, en su mayoría mujeres, niños, migrantes y personas forzadas a abandonar su hogar. Este fenómeno complejo y dramático adopta múltiples formas: explotación sexual, trabajo forzado, servidumbre doméstica o matrimonio forzado, y aunque permanece mayoritariamente oculto, se expande con nuevas modalidades de explotación en línea.
Cada año, participan en esta jornada mediante eventos, momentos de oración e iniciativas de sensibilización en comunidades, parroquias, colegios y asociaciones, uniéndose al esfuerzo global contra este crimen.
Le pedimos a Dios «que nos toque con su infinita misericordia y nos perdone tanta indiferencia e injusticia, que nos abra a las necesidades de los demás, escapando del egoísmo y la cerrazón del corazón, porque muchas veces nos hemos quedado sordos y mudos delante del dolor y el sufrimiento de los más pobres y marginados.”
MENSAJE DEL PAPA LEÓN XIV
La paz comienza con la dignidad: una llamada global a poner fin a la trata de personas
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la 12ª Jornada Mundial de Oración y Sensibilización contra la Trata de Personas, renuevo firmemente la urgente llamada de la Iglesia a afrontar y poner fin a este grave crimen contra la humanidad.
Este año, en particular, deseo recordar el saludo del Señor Resucitado: «La paz esté con ustedes» (Jn 20,19). Estas palabras son más que un saludo; ofrecen un camino hacia una humanidad renovada. La verdadera paz comienza con el reconocimiento y la protección de la dignidad que Dios ha dado a cada persona. Sin embargo, en una época marcada por una violencia en aumento, muchos se ven tentados a buscar la paz «mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio» (Discurso a los Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 enero 2026). Además, en situaciones de conflicto, la pérdida de vidas humanas es, con demasiada frecuencia, desestimada por los promotores de la guerra como un “daño colateral”, sacrificada en la persecución de intereses políticos o económicos.
Lamentablemente, la misma lógica de dominio y desprecio por la vida humana alimenta también el flagelo de la trata de personas. La inestabilidad geopolítica y los conflictos armados crean un terreno fértil para que los traficantes exploten a los más vulnerables, especialmente a las personas desplazadas, a los migrantes y a los refugiados. Dentro de este paradigma resquebrajado, las mujeres y los niños son los más afectados por este comercio atroz. Además, la creciente brecha entre ricos y pobres obliga a muchos a vivir en condiciones precarias, dejándolos expuestos a las promesas engañosas de los reclutadores.
Este fenómeno resulta particularmente perturbador en el auge de la llamada “esclavitud cibernética”, mediante la cual las personas son atraídas a esquemas fraudulentos y actividades delictivas, como las estafas en línea y el tráfico de drogas. En estos casos, la víctima es coaccionada a asumir el papel de perpetrador, agravando sus heridas espirituales. Estas formas de violencia no son incidentes aislados, sino síntomas de una cultura que ha olvidado cómo amar como Cristo ama.
Ante estos graves desafíos, acudimos a la oración y a la sensibilización. La oración es la “pequeña llama” que debemos custodiar en medio de la tormenta, pues nos da la fuerza para resistir la indiferencia ante la injusticia. La sensibilización nos permite identificar los mecanismos ocultos de explotación en nuestros barrios y en los espacios digitales. En definitiva, la violencia de la trata de personas sólo puede superarse mediante una visión renovada que contemple a cada individuo como a un hijo amado de Dios.
Deseo expresar mi más sincero agradecimiento a todos los que, como Cristo, sirven con delicadeza y consideración al acercarse a las víctimas de la trata, incluidas las redes y organizaciones internacionales. Quiero también reconocer a los sobrevivientes que se han convertido en defensores, apoyando otras víctimas. Que el Señor los bendiga por su valentía, fidelidad y compromiso incansable.
Con estos sentimientos, encomiendo a quienes conmemoran este día a la intercesión de santa Josefina Bakhita, cuya vida se erige como un poderoso testimonio de esperanza en el Señor que la amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Unámonos todos en el camino hacia un mundo donde la paz no sea simplemente la ausencia de guerra, sino “desarmada y desarmante”, arraigada en el pleno respeto de la dignidad de todos.
Vaticano, 29 de enero de 2026
SANTA JOSEFINA BAKHITA
Nació Josefina a mediados del S. XIX, en 1869, en el pueblo de Olgossa en Darfur, el sobrenombre de Bakhita con el que se la conoce, significa “afortunada”, y fue impuesto, ironías del destino, por los mismos negreros en el momento que la secuestraban, de la forma más inesperada y que ella misma nos cuenta en su autobiografía.
Tenía 9 años cuanto esto sucedió. Paseando plácidamente con una amiga por el campo se les acercaron dos extranjeros y uno de ellos le pidió que fuera al bosque a buscar alguna fruta, Josefina obedeció y cuando ya se hubo internado en la selva la capturaron, trasladándola a El Obeid, donde fue vendida en el mercado de esclavos.
Aquí comenzaría el calvario de una niña, que fue pasando de amo en amo a cuál más cruel, hasta que cayó en manos del comerciante Calixto Leganini, que la dispensó un trato humano y digno. Fue entonces cuando, según escribe ella misma, se sintió bien durante el tiempo que estuvo con Leganini y más tarde con la esposa de su amigo Augusto Michieli, a la que sirvió como niñera, llegando a intimar con una de las hijas, llamada Minnina.
Ambas decidieron ingresar juntas al noviciado del Instituto de las Hermanas de la Caridad, en Venecia y fue allí donde conoció al Dios Cristiano llegando a tener el convencimiento interior de que había sido El quien le había dado fuerzas para poder soportar la esclavitud. Esta congregación, fundada en 1808, es más conocida como Hermanas de Canossa. (Las Canossianas)
Al poco tiempo de haber ingresado, recibió conjuntamente el bautismo, primera comunión y confirmación, el 9 de enero de 1890, de manos del Cardenal de Venecia. A medida que pasaba el tiempo fue interiorizándose y un día sintió la llamada de Dios no dudando en convertirse en una de las Hermanas de la Orden. El 7 de diciembre de 1893, a los 38 años de edad se cumplía su deseo.
En 1902 de Canossa fue trasladada a Venecia para seguir sirviendo a Dios en los oficios más humildes, con gran modestia y humildad, pero sobre todo habría que destacar su entrega para con los más pobres y necesitados, lo que hizo que se la conociese como la Madre Moretta.
Con los años, sus fuerzas se fueron debilitando, hasta verse postrada en una silla de ruedas. Después de haber pasado por una enfermedad dolorosa, el 8 de febrero de 1947 fallecía en Schio, a la edad de 78 años, quedando sepultados sus restos en el altar de la iglesia de dicho convento. Patrona del Sudán, de donde es oriunda, y también Patrona de la Lucha contra la Trata de personas.
El 1 de octubre del año 2000 Josefina Bakhita fue canonizada por el Papa San Juan Pablo II. “En santa Josefina Bakhita encontramos una abogada brillante de la auténtica emancipación. La historia de su vida no inspira una aceptación pasiva, sino más bien una firme decisión de trabajar efectivamente por librar a niñas y mujeres de la opresión y la violencia, y devolverles su dignidad en el ejercicio pleno de sus derechos”.
Reflexión desde el contexto actual
Acabado el interminable periodo de falta de libertad, Josefina recobraba la paz de su espíritu y se reconciliaba consigo misma y con una sociedad que durante un tiempo la trató como esclava, robándole los mejores años de su vida. Cuando se sintió libre continuó sirviendo a los demás, pero cambiando de dueño. A partir de entonces sus nuevos amos serían los pobres y necesitados. Un maravilloso ejemplo para un mundo tan egoísta e insolidario como el nuestro, en el que cada cual va a lo suyo.
El otro ejemplo que nos deja Josefina es el del perdón y comprensión: “Si volviese a encontrarme a aquellos negreros que me raptaron y torturaron me arrodillaría para besar sus manos, porque si no hubiese sucedido esto ahora no sería cristiana y religiosa”. Me pregunto si nuestro mundo, sacudido por el odio y la venganza, es aún capaz de emocionarse ante la sublimidad de estas palabras. Personas así son las que nos permiten aún seguir confiando en el hombre.
«Santa Bakhita, patrona de las víctimas de la trata de personas, nos anima a abrir los ojos y los oídos, para ver a los que permanecen invisibles y escuchar a los que no tienen voz; para reconocer la dignidad de cada uno y para actuar contra la trata y contra toda forma de explotación».